lunes, 28 de mayo de 2012

BRUNO SCHULZ (LOS PÁJAROS)


Bruno Schulz (Drogóbich, Ucrania, 12 de julio de 1892 –19 de noviembre de 1942) fue un escritor, artista gráfico, pintor, dibujante y crítico literario polaco de origen judío, reconocido como uno de los mayores estilistas de la prosa polaca del siglo XX. 1 de septiembre de 1939: Alemania invade Polonia y el 11 de septiembre el ejército alemán entra en Drohobycz y lleva a cabo los primeros actos de criminalidad contra los judíos. 17 de septiembre: entra el ejército ruso en Drohobycz. 24 de septiembre: los alemanes se retiran de Drohobycz dejando esos territorios al ejército de la URSS. Schulz sigue enseñando en las mismas escuelas bajo mando ruso. Mientras tanto participa en una exposición de pintura en la Asociación de Artistas Plásticos de Lwów. 22 de junio de 1941: Alemania invade a la URSS. 1 de julio: el ejército alemán ocupa por segunda vez Drohobycz. Cierran las escuelas. Schulz pierde el trabajo. Comienzan las represalias contra los judíos. Todos los judíos de 16 a 65 años de edad son obligados a trabajar para los alemanes. Leyes draconianas introducen el trabajo forzado y dejan a los judíos fuera de la sociedad. Comienza la exterminación de los judíos y expoliación de sus bienes. Schulz está bajo la “protección” del oficial de la SS Feliks Landau, quien se aprovecha de sus cualidades de pintor. Hace murales en las paredes de la habitación del hijo pequeño de Landau, en la “Reitschule” y en el casino de la Gestapo. Acto seguido trasladan a los judíos al gueto. Schulz con sus familiares es desplazado a una casa en ruinas de la calle Stolarska 18. Empieza a guardar sus manuscritos y dibujos en varias cajas y se las entrega a sus amigos de fuera del gueto. Enferma. Intenta recuperarse en un ambulatorio judío. Está desnutrido y sufre una profunda depresión. Consigue papeles falsos con ayuda de sus amigos de Varsovia. Pretende escapar. Prepara su huida de Drohobycz. Con el apoyo de la «Judenrat» trabaja durante unos meses catalogando las bibliotecas polacas confiscadas por los soviéticos y después por los alemanes. 19 de noviembre de 1942: Schulz intenta escapar de Drohobycz con papeles falsos y la ayuda económica de sus amigos. Hacía las 11 de la mañana se dirige a la «Judenrat» para recoger su ración de alimentos y coincide con una «acción salvaje» de la Gestapo contra los judíos. Muere asesinado de un disparo, ejecutado por Karl Günter, miembro de la Gestapo y antagonista de Landau. 

LOS PÁJAROS

El invierno había llegado, con sus días aburridos y amarillos. Una delgada alfombra de nieve, gastada y llena de agujeros, recubría la tierra, que ahora era rojiza. No había bastante nieve para cubrir toda la extensión de las techumbres, que aparecían negras y mohosas. Techos de madera y arcadas que ocultaban los ámbitos oscurecidos de los graneros, catedrales carbonizadas de flancos erizados de cabriadas, carriolas y riostras, sombríos pulmones de las borrascas invernales. Cada nueva aurora develaba nuevas chimeneas crecidas durante la noche e hinchadas por los vientos nocturnos, tuberías de órganos infernales. Los deshollinadores no podían quitarse de encima a las cornejas que, como vivientes hojas negras, se instalaban en las ramas de los árboles vecinos a la iglesia y volvían a salir un instante después batiendo sus alas para luego posarse definitivamente, cada una en su lugar habitual; y por la mañana huían en bandadas, como torbellinos de humo oscuro o copos de hollín ondulantes y fantásticos que salpicaban con sus graznidos desiguales los rayos amarillentos del alba. Los días se habían entumecido de frío y de aburrimiento, como panes del año pasado, a los que se cortaba con malos cuchillos, sin apetito, en una perezosa somnolencia.... 

Mi padre no salía de casa. Cuidaba las estufas, estudiaba la naturaleza eternamente insondable del fuego, degustaba el sabor metálico y salado, el olor seco de las llamas invernales, la fría caricia de las salamandras que lamían el hollín brillante en la garganta de la chimenea. Gozosamente emprendía todas las reparaciones necesarias en la parte superior de la pieza. A cualquier hora podía vérsele encaramado en el extremo de una escalera arreglando alguna cosa en el techo, en las cornisas de las altas ventanas, en los colgantes y cadenas de las lámparas suspendidas. A la manera de los pintores se servía de su escalera como de enormes zancos. Se sentía bien en ese ámbito aéreo, en la proximidad de ese cielo pintado, ese techo decorado con pájaros y arabescos. Se apartaba cada vez más de la vida práctica. Cuando mi madre, inquieta y entristecida por su estado, se esforzaba por arrastrarlo a una conversación seria sobre nuestros negocios, sobre el pago del próximo vencimiento, él escuchaba distraído, confuso, el rostro crispado y ausente. Podía ocurrir que la interrumpiera de pronto, con un gesto perentorio, para correr a un rincón de la pieza, pegar la oreja a una grieta del piso y quedarse escuchando, mientras levantaba sus índices para hacernos comprender la importancia capital del asunto. En esa época aún no comprendíamos el triste trasfondo de esas extravagancias, el deplorable complejo que maduraba en las profundidades. 

Mi madre no tenía ninguna influencia sobre él; en cambio Adela merecía todas sus atenciones y respetos. La limpieza de la habitación era para él una importante ceremonia que no podía dejar de presenciar, siguiendo todas las operaciones de la joven con una mezcla de temor y de estremecimientos voluptuosos. Atribuía a cada uno de sus movimientos una significación profunda, simbólica. Cuando Adela se entregaba, con movimientos juveniles e insolentes, a pasar el escobillón por el piso, ya no podía soportarlo: las lágrimas le acudían a los ojos, una risa silenciosa arrugaba su rostro, y su cuerpo se sacudía en un espasmo voluptuoso. Era cosquilloso hasta la locura: bastaba que Adela lo amenazara con el dedo fingiendo una cosquilla para que escapara presa de un terror pánico, yendo de pieza en pieza y golpeando las puertas a su paso. Llegado a la última habitación se arrojaba boca abajo sobre la cama y se retorcía en una risa convulsiva provocada por un imagen interior que no podía dominar. La muchacha tenía sobre él una autoridad casi sin límites. Fue entonces cuando observamos en él, por primera vez, un apasionado interés por los animales. Al principio era tanto una pasión de artista como de cazador, aunque también, quizá, más profunda y biológicamente, existía en él la simpatía de una criatura humana por formas de vida diferentes, una especie de experimentación sobre registros inexplorados de la vida. Pero luego el asunto tomó otro cariz, extraño, complicado, esencialmente malsano y contrario a la naturaleza; un aspecto que, en verdad, más valdría no exponer en público. 

Todo empezó cuando puso a empollar huevos de pájaros. Con muchos desvelos y no menos gastos hizo traer de Hamburgo, de Holanda, de ciertas estaciones zoológicas africanas, huevos que dio a empollar a enormes gallinas belgas, También para mí era apasionante ver nacer a esos pajarillos de formas y colores fantásticos. En esos monstruitos cuyos picos enormes, inverosímiles, se abrían desmesuradamente, con silbidos de glotonería que brotaban desde el fondo de las gargantas, en esas especies de reptiles de cuerpo giboso, débiles y descarnados, era imposible prever futuros pavos reales, faisanes, cóndores o simples gallos silvestres. Esta vida en germen estaba depositada en nidos de algodón, en paneras; los animalitos alargaban sus delgados cogotes, con esas cabezas de ojos ciegos, velados de blanco, y contraían sus gargantas en un mudo piar. Mi padre se paseaba por el criadero, vestido con un guardapolvo verde, tal como lo haría un jardinero por un invernadero de cactus, y extraía del vacío esas vejigas cerradas en las que palpitaba la vida, esos vientres impotentes que solo percibían el mundo exterior bajo forma de alimento, esas proliferaciones que iban a tientas hacia la luz. Unas semanas más tarde, cuando esos embriones ciegos estallaban a la luz del día, los nuevos habitantes llenaban las habitaciones con plumas cosquilleantes y gorjeos inacabables. Ocupaban las varillas de las cortinas, los rebordes de los armarios, anidaban en los arabescos abigarrados y en el ramaje de estaño de las grandes arañas. 

Cuando mi padre estudiaba en los gruesos manuales de ornitología y hojeaba sus láminas coloreadas, esos fantasmas parecían escapar de las páginas para animar la pieza con aleteos pintarrajeados, jirones de púrpura, fragmentos de zafiro, de plata y de cobre envejecido. Para recibir la comida formaban en el piso una banda ondulante y coloreada, un viviente tapiz que, si alguien entraba sin tomar precauciones, se dislocaba, se dispersaba en flores volantes y finalmente se depositaba a una altura respetable. Me ha quedado notablemente grabado en la memoria cierto cóndor, enorme ave de cuello desplumado y cara arrugada cubierta de excrecencias. Era como un asceta delgado, un lama budista que conservaba en su comportamiento una dignidad imperturbable y observaba el rígido protocolo de su noble raza. Frente a mi padre, petrificado en la actitud escultural de una divinidad egipcia, con su ojo alterado por una catarata blancuzca que desplazaba para cubrir su pupila y encerrarse en la contemplación de su augusta soledad, me parecía, con su perfil pétreo, el hermano mayor de mi padre: cuerpo, tendones, piel dura y arrugada, eran el mismo rostro huesudo y reseco, las mismas órbitas profundas, de gruesa córnea. Hasta las manos de mi padre, largas, delgadas, nudosas, de uñas muy curvadas, se parecían un poco a las garras del cóndor. Me daba la impresión, al mirar al ave adormecida, de hallarme ante la momia de mi padre, reducida por la desecación. Creo que esta extraordinaria semejanza no había escapado tampoco a la observación de mi madre, aunque nunca hablamos de ello. Es notable, además, que el cóndor y mi padre utilizaban la misma taza de noche. En tanto ponía a empollar nuevos especímenes, mi padre organizaba en el granero bodas de pájaros; traía pretendientes, colocaba en los rincones y en las grietas novias amables y languidecientes; finalmente, el techo de la casa, un vasto techo a dos aguas, se convirtió en un verdadero albergue de volátiles, un arca de Noé que reunía toda clase de pájaros de países lejanos. Aún mucho después de la liquidación de este criadero, permaneció entre las aves migratorias, grullas, pavos reales, pelícanos, la tradición de posarse sobre esa techumbre. 

Después de un deslumbrante pero corto período, esta hermosa empresa tomó un giro enfadoso. Fue necesario transferir a mi padre dos mansardas que servían de desvanes. Desde el amanecer se escuchaban allí los chillidos conjugados de los pájaros. Como cajas de resonancia amplificadas por la vasta extensión de los aleros, esas piezas estaban colmadas de aleteos, llamados amorosos y gorjeos. 

Durante varias semanas mi padre permaneció casi invisible. De vez en vez bajaba a nuestras habitaciones y entonces comprobábamos que estaba más delgado y como empequeñecido. Perdía el control de sí mismo y se ponía de pie súbitamente, agitando los brazos como si fueran alas y emitía un canto prolongado, con los ojos ausentes; luego, confundido, reía con nosotros tratando de hacer pasar la cosa como una broma. 

Un día, durante una época de limpieza general, Adela apareció inopinadamente en su imperio alado. Plantada en el umbral, se retorcía las manos horrorizada por la fetidez de los montones de excrementos que cubrían el piso, las mesas y todos los muebles. Sin vacilar, abrió la ventana y, con ayuda de un escobillón, se puso a espantar a los volátiles. Un terrible torbellino de plumas y alas se elevó en medio de una tempestad de chillidos. Como una ménade furiosa, detrás de los molinetes de su tirso, Adela bailaba la danza de la destrucción. Tan espantado como los pájaros, mi padre, agitando los brazos, trataba de volar también él. El torbellino alado se despejó poco a poco y sobre el campo de batalla solo quedaron Adela, jadeante y agotada, y mi padre, afligido y avergonzado, pronto a todas las capitulaciones. 

Un instante después, mi padre bajaba de sus dominios, destrozado como un rey en el exilio que ha perdido su trono y su reino...

viernes, 25 de mayo de 2012

STEFAN ZEIG (LA ESTRELLA SOBRE EL BOSQUE)


Stefan Zweig (Viena, Austria, 28 de noviembre de 1881 - Petrópolis, Brasil, 22 de febrero de 1942) fue un escritor austríaco de la primera mitad del siglo XX. Sus obras fueron de las primeras en protestar contra la intervención de Alemania en la segunda guerra mundial. Fue muy popular durante las décadas de 1920 y 1930. Escribió novelas, relatos y biografías, entre las más conocidas están las de María Estuardo y la de Fouché, una obra mitad biografía y mitad novela histórica muy interesante sobre un personaje que nadie ha enriquecido ni antes ni después de Zweig. Otra de sus biografías, la dedicada a María Antonieta, fue adaptada al cine en Hollywood. Tras su suicidio en 1942, su obra fue perdiendo fama progresivamente. 

 LA ESTRELLA SOBRE EL BOSQUE

Un día, cuando el diligente y apuesto camarero François se inclinó sobre el hombro de la bella condesa polaca Ostrovska, sucedió algo extraño. Sólo duró un segundo y no fue un estremecimiento o un sobresalto, un temblor o una emoción. Y, sin embargo, fue uno de esos segundos que abarcan miles de horas y de días llenos de júbilo y tormento, como el vigor vehemente de los grandes y fragorosos robles con todas sus ramas que se mecen y sus copas que se inclinan está contenido en un solo granito de semilla. En ese segundo no sucedió nada visible. François, el dúctil camarero del gran hotel de la Riviera se inclinó aún más, para presentar con mayor comodidad la fuente al cuchillo indeciso de la condesa. Pero su rostro descansó ese momento a pocos centímetros de las ondas dulcemente rizadas y perfumadas de su cabeza, y, cuando instintivamente alzó la mirada devota, sus ojos turbados vieron la suave y luminosa línea blanca con la que su cuello surgía de esa marea oscura y se perdía en el vestido rojo oscuro abullonado. Una llamarada color púrpura lo invadió. Y el cuchillo vibró suavemente en la fuente, presa de un imperceptible temblor. Aunque en ese segundo François intuyó las graves consecuencias de este repentino hechizo, dominó hábilmente su agitación y siguió sirviendo con el entusiasmo reservado y un poco galante de un garçon de buen gusto. Alargó la fuente con movimiento medido al acompañante habitual de la condesa, un aristócrata maduro dotado de una imperturbable elegancia, que relataba cosas indiferentes con entonación refinadamente acentuada y en un francés cristalino. Luego se apartó de la mesa sin alterar su mirada y su gesto. 

Estos minutos fueron el comienzo de un estado de ensueño muy extraño y ferviente, de un sentimiento tan impetuoso y exaltado que apenas le corresponde el término grave y noble de amor. Era ese amor, de fidelidad canina y desprovisto de deseos, que los seres humanos generalmente no experimentan en la flor de su vida, que sólo sienten las personas muy jóvenes o muy ancianas. Un amor sin reflexión, que sólo sueña y no piensa. Olvidó por completo ese injusto y, sin embargo, inalterable desprecio que incluso personas inteligentes y circunspectas manifiestan hacia seres humanos que visten el frac de camarero; no especuló sobre posibilidades y casualidades, sino que aumentó en su sangre esa extraña inclinación hasta que su profundidad escapó a toda burla y crítica. Su ternura no era la de las miradas secretamente alusivas y al acecho, la temeridad de los gestos atrevidos que de repente se desata, la pasión sin sentido de labios sedientos y manos temblorosas; era una aplicación silenciosa, un prevalecer de aquellos pequeños servicios que son tanto más excelsos y sagrados en su modestia cuanto que permanecen a sabiendas ocultos. Después de la cena alisaba las arrugas del mantel delante de la silla de la condesa con dedos tan tiernos y dulces como quien acaricia las manos queridas y plácidas de una mujer; colocaba las cosas en su proximidad con simetría devota, como si las dispusiera para una fiesta. Con el mayor cuidado llevaba las copas que habían tocado sus labios a su estrecha y poco aireada buhardilla y de noche las dejaba relucir a la luz perlada de la luna como si fueran joyas preciosas. Constantemente era, desde cualquier rincón, el secreto observador de sus movimientos y actividades. Bebía sus palabras como quien paladea lascivamente un vino dulce y de perfume embriagador. y recogía las palabras y las órdenes ávido como los niños la rápida pelota en el juego. Así su alma embelesada introdujo en su pobre e indiferente vida un brillo cambiante y opulento. Nunca se le ocurrió la sabia necesidad de trasponer todo el episodio a las palabras frías y destructivas de la realidad de que el miserable camarero François amaba a una condesa exótica y eternamente inalcanzable. Porque él no la sentía como realidad, sino como algo excelso, muy lejano, que bastaba con su reflejo de la vida. Amaba el imperioso orgullo de sus órdenes, el ángulo dominante de sus cejas negras que casi se tocaban, el pliegue indómito alrededor de la boca fina, la gracia segura de sus gestos. La sumisión le parecía a François algo natural y sentía como dicha la proximidad humillante del servicio modesto, porque gracias a ella podía entrar tan a menudo en el círculo seductor que rodeaba a su amada. 

Así despertó de repente en la vida de un hombre sencillo un sueño, como una flor de jardín noble y cuidadosamente criada, que florece en una carretera donde el polvo de los caminantes ahoga todos los brotes. Era el vértigo de un ser sencillo, un sueño embriagador y narcótico en medio de una vida fría y monótona. Y los sueños de seres como él son como barcas sin timón, que van a la deriva presas de una voluptuosidad fluctuante sobre aguas silenciosas y espejeantes, hasta que de pronto su quilla choca con una sacudida seca en una orilla desconocida. 

La realidad, sin embargo, es más fuerte y sólida que todos los sueños. Una noche el corpulento portero procedente del Waadtland le dijo a François al pasar: «La Ostrovska se marcha mañana en el tren de las ocho». Y luego añadió otros nombres sin importancia que él apenas escuchó. Porque esas palabras se habían transformado en su cerebro en un confuso remolino tumultuoso. Varias veces se pasó los dedos mecánicamente por la frente afligida, como si quisiera apartar un sedimento pesado, que allí reposaba y obnubilaba la razón. Dio unos pasos titubeantes. Inseguro y atemorizado cruzó delante de un alto espejo de marco dorado, del que le salió al encuentro un rostro mortalmente pálido y extraño. Los pensamientos no acudían a su mente, estaban por así decir aprisionados tras un muro oscuro y nebuloso. Casi inconsciente, descendió, agarrándose a la balaustrada, la amplia escalera hacia el jardín sumido en sombras, en el que los altos pinos se erguían solitarios como pensamientos sombríos. Su silueta intranquila dio unos inciertos pasos más, como el vuelo bajo y tambaleante de un ave nocturna enorme y oscura, y por fin se dejó caer en un banco, apoyando la cabeza en su frío respaldo. El silencio era absoluto. A su espalda, entre los arbustos redondeados, relucía el mar. Luces suaves y trémulas chispeaban sobre su superficie, y en el silencio se perdía la monótona cantinela murmurante de lejanos rompientes. 

Y de pronto todo estaba claro, muy claro. Tan dolorosamente claro que François casi sonrió. Todo había acabado, sencillamente. La condesa Ostrovska se marcha a casa y el camarero François queda atrás en su puesto. ¿Acaso era tan raro? ¿No se marchaban al cabo de dos, tres o cuatro semanas todos los extranjeros que venían? Qué tontería no haberlo pensado antes. Porque todo estaba tan claro como para reír o llorar. Y sus pensamientos bullían y bullían. Mañana por la noche, en el tren de las ocho en dirección a Varsovia. A Varsovia..., horas y horas a través de bosques y valles, a través de colinas y montañas, a través de estepas y ríos y dinámicas ciudades. ¡Varsovia! ¡Qué lejos quedaba! No podía siquiera imaginar, aunque sí sentir en lo más profundo, esa palabra orgullosa y amenazadora, dura y lejana: Varsovia. Y él... 

Durante un segundo aleteó una pequeña y fantástica esperanza. Podía seguirla. Y buscar empleo allí como criado, escribiente, cochero, esclavo; estar allí en la calle como mendigo, todo menos estar tan horriblemente lejos; al menos respirar el aliento de la misma ciudad, verla quizá pasar, ver su sombra, al menos, su vestido y su cabello negro. Ya surgían precipitadas visiones. Pero el momento era duro e implacable. François vio lo inalcanzable desnudo y claro. Calculó: cien o doscientos francos ahorrados, en el mejor de los casos. No bastaban ni para la mitad del camino. Y entonces ¿qué? Como a través de un velo desgarrado vio de pronto su vida, presintió lo pobre, miserable y fea que indefectiblemente sería de ahora en adelante. Años vacíos ejerciendo su profesión de camarero, torturado por un insensato deseo, esa ridiculez iba a ser su futuro. Lo recorrió un escalofrío. Y de pronto todas las cadenas de pensamientos confluyeron arrebatadas e imparables. Había únicamente una posibilidad. 

Las copas de los árboles se mecían en una brisa apenas perceptible. La noche oscura y negra se alzaba amenazadora ante él. Entonces se alzó, seguro y sereno, del banco y se dirigió por la grava crujiente hacia el gran edificio que dormía en blanco silencio. Debajo de una de sus ventanas hizo un alto. Estaba ciega y sin un signo brillante de luz en el que se hubiera podido encender el deseo soñador. Ahora su sangre circulaba con latidos tranquilos, y se alejó como alguien al que ya nada confunde y engaña. En su cuarto se echó sin agitación alguna sobre la cama y durmió con un sueño denso y sin imágenes hasta la señal matutina del despertar. 

Al día siguiente, su comportamiento se ciñó por completo a los límites de la deliberación meticulosamente definida y de la calma forzada. Con fría indiferencia cumplió con sus obligaciones, y sus gestos tenían una seguridad tan absoluta y tan despreocupada, que nadie hubiera imaginado detrás de la máscara falaz la amarga decisión. Poco antes de la hora de la cena, acudió con sus pequeños ahorros a la floristería más selecta y compró flores exquisitas que en su espléndido colorido le sugerían palabras: tulipanes del color del oro fogoso, que eran como la pasión; crisantemos blancos de amplia corola, como sueños luminosos y exóticos; finas orquídeas, las imágenes estilizadas del deseo, y unas soberbias rosas embriagadoras. Y luego compró un valioso jarrón de cristal con destellos opalescentes. Los pocos francos que aún le quedaban se los regaló al pasar, con un gesto rápido y distraído, a un niño que pedía limosna. Luego volvió al hotel. Con solemnidad melancólica colocó el jarrón con las flores delante del cubierto de la condesa, que dispuso por última vez con voluptuoso y minucioso esmero. 

Llegó el momento de la cena. François sirvió la mesa como siempre: reservado, silencioso y competente, sin alzar los ojos. Sólo al final envolvió la silueta cimbreante y orgullosa de la condesa con una mirada infinita, que ella no percibió. Nunca le había parecido tan bella como en esta mirada última y libre de todo deseo. Luego se apartó con serenidad de la mesa, sin gesto alguno de despedida, y abandonó la sala. Como un huésped ante el que se inclinan los criados, atravesó los pasillos y descendió la elegante escalera de recepción hasta la calle: era evidente que en ese momento dejaba atrás su pasado. Delante del hotel se detuvo un segundo, indeciso; entonces empezó a caminar, bordeando iluminadas villas y amplios jardines, siempre adelante como un paseante ensimismado, sin saber adónde se dirigía. 

Así vagó inciertamente hasta el anochecer en un estado de enajenación ensoñada. Ya no pensaba más en las cosas. Ni en las pasadas ni en las inevitables. Ya no le daba vueltas a la idea de la muerte, como sin duda en los últimos momentos el suicida circunspecto sopesa en la mano el brillante y amenazador revólver de profundo ojo y lo vuelve a dejar en la mesa. Hacía tiempo que se había sentenciado a sí mismo. Por su mente sólo pasaban imágenes en raudo vuelo, como golondrinas de viaje. Primero, los días de la juventud hasta aquella fatal hora de clase cuando una estúpida aventura lo propulsó violentamente desde la perspectiva de un futuro prometedor a la confusión del mundo. Luego los viajes incesantes, las dificultades por el sueldo, los proyectos, una y otra vez fracasados, hasta que la gran oleada negra, que llamamos el destino, quebró su orgullo y lo dejó abandonado en un puesto indigno. Muchos recuerdos multicolores pasaron revoloteando por su mente. Por fin relució el suave reflejo de los últimos días en sus sueños despiertos; y de nuevo abrieron violentamente la oscura puerta de la realidad que debía traspasar. Recordó que deseaba morir en ese mismo día. 

Durante un rato recapacitó sobre los muchos caminos que conducen a la muerte, y comparó su respectiva amargura y su definitiva prontitud. Hasta que lo traspasó un pensamiento. En su sombría cavilación se le ocurrió un funesto símbolo: así como la condesa había arrasado inconsciente y destructivamente su vida, así debía arrollar también su cuerpo. Ella misma lo llevaría a cabo. Ella misma consumaría su obra. Y ahora sus pensamientos se aceleraron con increíble seguridad. En algo menos de una hora, a las ocho, salía el expreso que la llevaba a su encuentro. Se arrojaría debajo de sus ruedas, se dejaría destrozar por la misma fuerza arrebatadora que le arrancaba a la mujer de sus sueños. Se desangraría debajo de sus pies. Los pensamientos galopaban y se perseguían jubilosos. François ya conocía el lugar. Más arriba, al borde del bosque, donde las copas frondosas de los árboles oscurecían la última vista sobre la cercana bahía. Miró el reloj: los segundos y los latidos de su sangre casi marcaban el mismo ritmo. Era hora de ponerse en camino. Y ahora, de repente, sus pasos cansinos se volvieron elásticos y decididos, con ese ritmo duro y precipitado que el sueño mata en su avance. Agitado se precipitó en el esplendoroso crepúsculo del anochecer meridional hacia el lugar en el que, entre lejanas colinas cubiertas de bosque, el cielo aparecía incrustado como una línea color púrpura. Y corrió hasta llegar a las vías del tren, que relucían como dos líneas plateadas y le mostraban el camino. Lo condujeron por una ruta sinuosa hacia la altura, a través de perfumados y profundos valles, cuyos velos de niebla atenuaban plateados la luz cansina de la luna; lo condujeron ascendiendo a las colinas, desde las que se veía lo lejos que el mar vasto y nocturno refulgía con sus brillantes luces costeras. Y le mostraron por fin el profundo bosque mecido por el inquieto viento, que sumergió las vías en las sombras que se cernían. 

Ya era tarde cuando François llegó con respiración entrecortada a la ladera oscura del bosque. Los árboles lo rodeaban lúgubres y negros. Sólo arriba, entre las copas transparentes, asomaba la luz temblorosa y pálida de la luna entre las ramas, que se quejaban cuando la ligera brisa de la noche las tomaba en sus brazos. De vez en cuando resonaban extrañas llamadas de lejanos pájaros nocturnos en el apretado silencio. Los pensamientos se le paralizaron por completo en esa aprensiva soledad. François sólo esperaba, esperaba y miraba fijamente si allá abajo, en la curva de la primera serpentina ascendente, asomaba la luz roja del tren. De vez en cuando consultaba nervioso el reloj y contaba los segundos. Luego volvía a prestar atención al lejano grito del tren. Pero era imaginación suya. El silencio era total. El tiempo parecía haberse congelado. 

Por fin brilló allá abajo la luz. En ese segundo François sintió una sacudida en el corazón, aunque no hubiera podido decir si de temor o de alegría. Con un movimiento impetuoso se tiró sobre las vías. Al principio sólo sintió un instante el agradable frío de los raíles de hierro en su sien. Luego aguzó el oído. El tren aún estaba lejos. Podía tardar algunos minutos. Ahora no se oía nada excepto el susurro de los árboles en el viento. Los pensamientos saltaban confusos. Y, de pronto, uno que permaneció clavado como una dolorosa flecha en su corazón: que él moría por ella y que ella nunca lo sabría. Que ni la más pequeña ola de su vida encrespada había tocado la de ella. Que ella nunca sabría que una vida ajena había venerado la suya y se había destrozado contra ella. 

Apenas perceptible y muy lejano se oía jadear por el aire casi quieto el golpeteo rítmico de la máquina que remontaba la pendiente. Pero el pensamiento seguía quemando con igual fuerza y atormentaba los últimos minutos del moribundo. El tren se aproximaba más y más con su estrépito metálico. Y entonces François abrió una vez más los ojos. Sobre él se extendía un cielo mudo de un azul casi negro y las copas intranquilas de unos árboles. Y sobre el bosque resplandecía una estrella blanca. Una estrella solitaria sobre el bosque... Los raíles empezaron a vibrar suavemente y a zumbar bajo su cabeza. Pero el pensamiento ardía como fuego en su corazón y en la mirada que abarcaba toda la intensidad y la desesperación de su amor. Todo el deseo y esta última dolorosa pregunta se volcaron en la estrella blanca y reluciente, que miraba benignamente sobre él. El tren se aproximaba más y más. Y el moribundo envolvió una vez más con una última e inefable mirada la estrella sobre el bosque. Luego cerró los ojos. Los raíles temblaron y vibraron, la marcha estrepitosa del presuroso tren se acercaba más y más y el bosque resonaba como grandes y martilleantes campanas. La tierra pareció tambalearse. Aún un aturdidor chirrido, un estruendo arremolinado, luego un estridente pitido, el grito de animal asustado del silbato del tren y la queja disonante de un freno inútil. 

La bella condesa Ostrovska ocupaba en el tren un compartimiento reservado. Desde el inicio del viaje leía una novela francesa, mecida suavemente por el balanceo del vagón. El aire del estrecho habitáculo era sofocante y estaba cargado del denso perfume de muchas flores a punto de marchitarse. En las magníficas cestas de despedida los racimos de lilas blancas ya dejaban caer la cabeza, cansinas como frutas excesivamente maduras, las flores colgaban flácidas de sus tallos, y los cálices pesados y dilatados de las rosas parecían consumirse en la nube caliente de los aromas embriagadores. Un atosigante bochorno calentaba las pesadas oleadas de perfume, suspendidas perezosas incluso en la presteza acelerada del tren. De pronto, la condesa dejó caer el libro con dedos fatigados. Ni ella misma sabía por qué. Una sensación misteriosa la invadió. Sintió una presión sorda y dolorosa. Un dolor repentino, inexplicable y angustioso se apoderó de su corazón. Creyó que iba a asfixiarse en el vaho turbador y cálido de las flores. Y ese aterrador dolor no cedía, sentía cada vibración de las ruedas veloces, la ciega marcha hacia delante la martirizaba indeciblemente La asaltó un deseo fulminante de parar el impulso acelerado del tren, de detenerlo ante el oscuro dolor hacia el que se precipitaba. Nunca en su vida había sentido su corazón atenazado por algo tan horrible, invisible y cruel como en esos segundos de dolor inconcebible y miedo inexplicable. Y esa sensación se hizo más y más acuciante, y más apretada la presión alrededor de su garganta. Como una plegaria surgió en ella el deseo de que el tren parara. 

Ahí, de repente, un estridente silbato, el grito salvaje de aviso del tren y el quejido de los frenos con su lamentable chirrido. Y el ritmo ralentizado de las ruedas aladas, más y más lento, luego un tartamudeo mecánico y un golpe brusco. 

Con dificultad se acercó a la ventanilla para aspirar a bocanadas el aire fresco. El cristal descendió ruidosamente. Afuera siluetas negras, corriendo... Palabras al vuelo de múltiples voces: un suicida... Bajo las ruedas... Muerto... En pleno campo... 

La condesa se estremece. Instintivamente su mirada se alza hacia el cielo alto y silencioso y hacia los árboles negros mecidos por el viento. Y sobre ellos una estrella solitaria sobre el bosque. La condesa siente su mirada como una lágrima refulgente. La contempla y de pronto siente una tristeza como nunca la ha sentido. Una tristeza llena de fuego y deseo, como nunca existió en su vida... 

El tren reanuda lentamente su marcha. La condesa se reclina en la esquina de su butaca y lágrimas silenciosas se deslizan por sus mejillas. La angustia sorda ha desaparecido, ya sólo siente un profundo y extraño dolor, cuyo origen busca explicarse en vano. Un dolor como el que tienen los niños asustados, cuando despiertan en la noche oscura e impenetrable y sienten que están por completo solos... 

 http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ale/zweig/estrella.htm

jueves, 24 de mayo de 2012

LORD BYRON (EL ENTIERRO)


George Gordon Byron, sexto Baron de Byron (Londres, 22 de enero de 1788 – Messolonghi, Grecia, 19 de abril de 1824), fue un poeta inglés considerado uno de los escritores más versátiles e importantes del Romanticismo. Se involucró en revoluciones en Italia y en Grecia, en donde murió de malaria en la ciudad de Missolonghi. Su hija Ada Lovelace contribuyó en la invención de la máquina analítica junto con Charles Babbage. 


Lord Byron nos relata un extraño viaje hacia las ruinas de la antigua Éfeso. Tras algunos días de penosa marcha, uno de los peregrinos comienza a sentir los síntomas inminentes de la muerte; pero antes de hundirse en el olvido, alcanza a obligar a su apesadumbrado compañero a realizar una promesa muy peculiar. El Entierro es uno de los clásicos relatos góticos que han pasado a engrosar la lista de narraciones ignoradas por el público general, pero que sin duda los amantes del género gótico sabrán apreciar. 

EL ENTIERRO

En el año de 17..., después de haber meditado algún tiempo sobre la posibilidad de viajar por tierras ignoradas por los viajeros, partí en compañía de un amigo, a quien me referiré como August Darvell. 


Era unos años mayor que yo, un hombre de fortuna considerable y de familia aristocrática. Ventajas que él ni devaluaba ni estimaba gracias a su gran capacidad. Algunas circunstancias singulares en su historia personal lo habían convertido para mí en objeto de atención, interés y hasta de estimación, que no disminuían ni sus modales reservados ni los ocasionales atisbos de angustia que a veces le acercaban a la enajenación. 


Yo era todavía un joven y había empezado a vivir temprano; pero mi intimidad con él era reciente: asistimos a las mismas escuelas y universidad; más su paso por ellas me había precedido, y él ya se había iniciado a fondo en lo que se ha llamado el mundo, mientras yo todavía permanecía en el noviciado. Durante ese tiempo, escuché abundantes detalles, tanto de su vida pasada como de la presente y, aunque en estas narraciones había muchas e irreconciliables contradicciones, podía yo inferir que él no era un ser común, sino alguien que, aun cuando se esforzara por no ser prosaico, seguía siendo notable. 


Había trabado conocimiento con él e intenté conquistar posteriormente su amistad, pero parecía que ésta era inalcanzable; los afectos que pudiera haber sentido aparentaban para entonces o haberse extinto o concentrarse en él. Tuve suficientes oportunidades para observar que sus sentimientos eran intensos; pues aún cuando los podía controlar, le era imposible esconderlos por completo; sin embargo, tenía la facultad de dar a una pasión la apariencia de otra, de modo que resultaba difícil definir la naturaleza de lo que sucedía en su interior; y las expresiones de su rostro podían variar con tal rapidez, aunque ligeramente, que resultaba inútil tratar de escrutar su origen. 


Era manifiesto cómo lo dominaba una angustia incurable; pero nunca pude descubrir si era a causa de la ambición, el amor, el remordimiento o la pena, de uno sólo o de todos estos, o sencillamente por un temperamento mórbido, semejante a una enfermedad. Existían circunstancias supuestas que habrían podido justificar su atribución a cualquiera de estas causas; pero como antes dije, éstas eran tan contrarias y contradictorias que ninguna podía considerarse definitiva. 


Se supone, generalmente, que donde hay misterio existe también la perversidad: no sé cómo pueda ser esto, pero es un hecho que en él existía el primero aunque no podría atestiguar los alcances de la segunda (y estaba poco dispuesto, en lo que a él se refería, a creer en su existencia). Recibía mi proximidad con bastante reserva; más yo era joven y difícil para el desaliento; y, con el tiempo, tuve éxito al entablar, hasta cierto punto, ese vínculo común y esa confianza moderada de los intereses mutuos y cotidianos que crean la comunión de empeños, y la frecuencia de encuentros que se llama intimidad o amistad según las ideas de quienes utilizan esas palabras para su expresión. 


Darvell había viajado ampliamente; me dirigí a él para que me aconsejara respecto al viaje que pretendía realizar. Era mi deseo secreto que se dejara persuadir para acompañarme; además, era una perspectiva improbable; basada en la vaga inquietud que había observado en él y a la cual daban renovada fuerza el entusiasmo que parecía sentir hacia tales temas y su aparente indiferencia por todo lo que lo rodeaba muy de cerca. 


Al principio insinué mi deseo y después lo expresé abiertamente: su respuesta, aun cuando yo la esperaba en alguna medida, me dio todo el placer de una sorpresa: aceptó; y, al término de los preparativos necesarios, comenzamos nuestra jornada. 


Después de viajar por varios países del sur de Europa, volvimos la atención hacia el Este, de acuerdo con nuestro destino original; y fue en nuestro recorrido a través de estas regiones que ocurrió el incidente que da ocasión a mi relato. 


La complexión de Darvell, que, dada su apariencia, debía haber sido en su juventud más robusta de lo normal, estaba decayendo gradualmente desde algún tiempo atrás, sin que mediara ninguna enfermedad manifiesta: no tenía tos ni tísis; sin embargo, cada día se debilitaba más; sus hábitos eran moderados, no admitía ni se quejaba de fatiga; no obstante, era evidente que se estaba consumiendo: se volvía cada vez más y más taciturno e insomne y, por fin, se alteró de tan notable manera que mi preocupación aumentó de manera proporcional al peligro que yo consideré le amenazaba. 


A nuestra llegada a Esmirna, nos habíamos propuesto ir a una excursión a las ruinas de Éfeso y Sardis, de la cual intenté disuadirlo debido a su indisposición; pero en vano: parecía existir una opresión en su mente, y una solemnidad en sus modales que no correspondían con su ansiedad para seguir con lo que yo consideraba un simple viaje de placer, totalmente inadecuado para una persona delicada; pero no me opuse más, y unos días después partimos en compañía únicamente de un guía y un cargador. 


Habíamos recorrido la mitad del camino hacia los vestigios de Éfeso, dejando atrás los contornos mas fértiles de Esmirna y nos adentrábamos en esa región inhóspita y deshabitada a través de los pantanos y desfiladeros que llevan a las pocas chozas que aún subsisten sobre las destrozadas columnas de Diana (las paredes sin techo de la cristiandad expulsada y la aún más reciente pero total desolación de las mezquitas abandonadas) cuando la súbita y vertiginosa enfermedad de mi camarada nos obligó a detenernos en un cementerio turco, cuyas lápidas coronadas de turbantes eran el sólo indicio de que la vida humana había morado alguna vez en ese yermo. La única caravana que vimos había quedado unas horas atrás; no se podía ver ni esperar vestigio alguno de pueblo o cabaña siquiera, y esta "ciudad de los muertos" parecía ser el único refugio para mi desafortunado amigo, quien se veía próximo a convertirse en su siguiente morador. 


En esta situación, busqué por los alrededores un lugar en el que pudiera reposar con más comodidad: al contrario del aspecto usual de los cementerios orientales, los cipreses de éste eran escasos, esparcidos sobre toda la superficie; la mayoría de las tumbas estaban derruidas y desgastadas por los años: sobre una de las más grandes y bajo de uno de los árboles más frondosos, Darvell se apoyó, inclinándose con gran dificultad. Pidió agua. Yo dudaba que pudiéramos encontrarla, aunque me dispuse ir a buscarla a pesar de mi desaliento: pero él deseaba que yo permaneciera con él; y volviéndose hacia Suleiman, nuestro cargador, que fumaba con gran tranquilidad, le dijo: 


-Suleimán, verbena su. (es decir, trae un poco de agua) y continuó describiéndole con gran detalle el punto donde podría encontrarla. Era un pequeño pozo para camellos, algunos cientos de yardas a la derecha. El jenízaro obedeció. 
Dije a Darvell: 
-¿Cómo supo esto? 
-Por nuestra posición- repuso. -usted debe notar que el lugar estuvo habitado alguna vez y no podría haberlo estado sin manantiales. Además, ya he estado aquí antes. 
-¡Usted ya ha estado aquí! ¿Cómo nunca me lo mencionó? Y ¿qué hacía usted en lugar semejante donde nadie puede permanecer un momento más sin pedir ayuda? 


A esta pregunta no recibí respuesta alguna. Mientras tanto, Suleimán regresó con el agua y dejó al guía y a los caballos en la fuente. Parecía que al mitigar su sed Darvell revivió por un momento; y albergué la esperanza de que pudiese continuar, o por lo menos regresar, y lo exhorté a intentarlo. 


Él guardó silencio. Parecía poner orden en sus pensamientos antes de esforzarse al hablar. 


-Éste es el fin de mi jornada -comenzó- y de mi vida; vine hasta aquí para morir; pero tengo una súplica que hacer: una orden que dar, pues tales deben ser mis últimas palabras. ¿La cumplirá? 
-Desde luego; pero tengo mejores intenciones. 
-Yo no tengo esperanzas, ni deseos, sino éste: oculte mi muerte a todo ser humano. 
-Espero que no se presente la ocasión; usted se recuperará y... 
-¡Silencio!, así debe ser: prométalo. 
-Sí. -Júrelo por lo más. -aquí pronunció un juramento de gran solemnidad. 
-No hay razón para ello, yo cumpliré con su petición; y dudar de mí es... 
-No puedo evitarlo, debe usted jurar. 


 Pronuncié el juramento y eso pareció aliviarlo. Se quitó del dedo un anillo de sello, que tenía grabados algunos caracteres arábigos, y me lo dio. 


-En el noveno día del mes, -continuó- precisamente al mediodía (el mes que usted guste, pero el día debe ser ése) usted deberá arrojar este anillo a la fuentes de agua salada que alimentan la bahía de Eleusis. Al día siguiente, a la misma hora, deberá dirigirse a las ruinas del templo de Ceres y esperar una hora... 
-¿Para qué? 
-Ya lo verá 
-¿Dice usted que el noveno día del mes? 
-El noveno. 


Cuando hice la observación de que el presente era el noveno día del mes, su semblante cambió e hizo pausa. Mientras estaba sentado, debilitándose visiblemente, una cigüeña con una serpiente en el pico se posó sobre una tumba cercana a nosotros; y, sin devorar su presa, daba la impresión de observarnos fijamente. No sé lo que me impulsó a espantarla, pero el intento fue inútil; hizo algunos círculos en el aire y regresó exactamente al mismo lugar. Darvell la señaló y sonrió. Habló (no sé si para sí mismo o para mí) pero las palabras sólo fueron: 


-Está bien. 
-¿Qué es lo que está bien? ¿Qué quiere decir? 
-No importa; usted deberá enterrarme aquí esta noche, y en el punto exacto en que está parada esa ave. Ya conoce usted el resto de mis mandatos. 


Entonces procedió a darme algunas instrucciones sobre cómo podría ocultar mejor su muerte. Cuando terminó, dijo: 


-¿Ve usted esa ave? 
-Desde luego. 
-¿Y la serpiente que se estremece en su pico?
-Sin duda: no hay nada raro en ello; es su presa natural. Pero resulta extraño que no la devore. 


Se rió de una manera espectral y dijo lánguidamente: 


-Todavía no es el momento. 


Mientras hablaba, la cigüeña emprendió el vuelo. La seguí con los ojos un instante: no pude haber tardado más que en contar diez. Sentí aumentar el peso de Darvell, por poco que fuese, sobre mi hombro y, al volver a verlo a la cara, vi que había muerto. 


Me impresionó la repentina certeza inconfundible: en pocos minutos su semblante se tornó casi negro. Hubiera podido atribuir ese cambio tan rápido a la acción de algún veneno, si no hubiera estado consciente de que no tuvo oportunidad alguna de tomarlo sin que yo me diera cuenta. El día se acercaba a su final, el cuerpo se descomponía con rapidez. No quedaba nada más que cumplir su petición. Con ayuda del yatagán de Suleimán y de mi propio sable, excavamos una tumba poco profunda en el sitio que Darvell había indicado: la tierra cedió con facilidad: tiempo atrás había recibido un ocupante ignoto. 


Cavamos lo más profundo que el tiempo permitió y, arrojando la tierra seca sobre todo lo que quedaba del ser tan singular que acababa de partir, cortamos algunos bloques del césped más verde que crecía en la tierra menos desgastada que nos rodeaba y lo pusimos sobre su sepulcro. 


Entre el asombro y la pena, no podía derramar una lágrima. 


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VÍCTOR HUGO (LA TORRE DE LOS RATONES)


Victor Hugo (inscripción completa en su acta de nacimiento: Victor, Marie Hugo) nacido en Besanzón el 26 de febrero de 1802 y fallecido enParís el 22 de mayo de 1885, fue un poeta, dramaturgo y escritor romántico francés, considerado como uno de los escritores más importantes en lengua francesa. Su obra excepcional, le convirtió en un personaje emblemático a quien la Tercera República honró a su muerte con un funeral de Estado, y con la inhumación de sus restos en el Panteón de París el 31 de mayo de 1885. 

La torre de los ratones (La tour des souris) es un relato romántico del escritor francés Víctor Hugo, escrito en 1942 para su diario personal de viaje: El Rin, cartas a un amigo (Le Rhin, Lettres à un ami). 

LA TORRE DE LOS RATONES 

Desde que había empezado a anochecer, sólo tenía un pensamiento. Sabía que, antes de llegar a Bingen, un poco antes de la confluencia con el Nahe, encontraría un extraño edificio, una lúgubre morada ruinosa, de pie entre los juncos, en medio del río y entre dos altas montañas. Aquella morada ruinosa era la Maüsethurm. 

Cuando era niño, por encima de mi cama tenía un pequeño cuadro rodeado de un marco negro que no sé qué criada alemana había colgado en la pared. Representaba una vieja torre aislada, enmohecida, destartalada, rodeada de aguas profundas y oscuras que la cubrían de vapores, y de montañas que la cubrían de sombras. El cielo por encima de aquella torre era sombrío y cubierto de nubes horrendas. 

Por la noche, después de haber rezado a Dios y antes de dormirme, miraba siempre aquel cuadro. Lo volvía a ver en mis sueños y me parecía terrible. La torre aumentaba, el agua hervía, un relámpago caía de las nubes, el viento soplaba en las montañas y, por momentos, parecía lanzar clamores. Un día le pregunté a la criada cómo se llamaba aquella torre. Santiguándose, me respondió que se llamaba la Maüsethurm. Y luego me contó una historia. Que en otros tiempos, en Maguncia, en su país, había habido un malvado arzobispo llamado Hatto, que era también abad de Fuld, sacerdote avaro, según ella, que «abría la mano más para bendecir que para dar». Que un mal año compró todo el trigo de las cosechas para revendérselo muy caro al pueblo, pues aquel cura quería ser muy rico. La hambruna fue tal que los campesinos morían de hambre en los pueblos del Rin. Que entonces el pueblo se reunió alrededor del burgo de Maguncia, llorando y solicitando pan. Que el arzobispo se lo negó. 

En este punto, la historia se hacía terrible. El pueblo hambriento no se dispersaba y seguía rodeando el palacio del arzobispo, gimiendo. Hatto, enojado, hizo rodear aquellas pobres gentes por sus arqueros que detuvieron a hombres y mujeres, ancianos y niños, y los encerraron en un troje al que prendieron fuego. Fue, añadía la vieja criada, «un espectáculo ante el que hasta las piedras habrían llorado» pero Hatto no hizo sino reír; y cuando aquellos desgraciados, expirando entre las llamas, lanzaban gritos lamentables, éste dijo: «¿Estáis oyendo a las ratas silbar?» 

Al día siguiente, del troje fatal sólo quedaban cenizas; no había nadie en Maguncia; la ciudad parecía muerta y desierta cuando, de repente, una multitud de ratas, que pululaban en el troje quemado como los gusanos en las úlceras de Asuero, salían de debajo de la tierra, surgían de entre las losas, salían por las grietas de los muros, renacían bajo el pie que las aplastaba, se multiplicaban bajo las piedras y bajo las mazas, e inundaron las calles, la ciudadela, el palacio, los sótanos, las salas y las alcobas. Era un azote, una plaga, un repugnante hormigueo. 

Fuera de sí, Hatto abandonó Maguncia y huyó hacia la llanura pero las ratas lo siguieron; corrió a refugiarse en Bingen que tenía altas murallas, pero las ratas pasaron por encima de las murallas y entraron en Bingen. Entonces el arzobispo mandó construir una torre en medio del Rin y se refugió en ella con la ayuda de una barca alrededor de la cual diez arqueros golpeaban el agua; las ratas se arrojaron al agua, cruzaron el Rin, treparon por la torre, royeron las puertas, el tejado, las ventanas, los techos, los suelos y, llegadas por fin a la mazmorra en la que el miserable arzobispo se había escondido, lo devoraron vivo. 

Ahora la maldición del cielo y el horror de los hombres pesan sobre esta torre llamada Maüsethurm. Está desierta, en ruinas en medio del río y, a veces, por la noche, se ve salir de ella un extraño vapor rojizo que parece el humo de una hoguera, pero es el alma de Hatto que regresa. 

¿Han observado ustedes algo? La historia es en ocasiones inmoral, los cuentos son siempre honestos, morales y virtuosos. En la historia el más fuerte prospera, los tiranos triunfan, los verdugos gozan de buena salud, los monstruos engordan, los Sila se transforman en buenos burgueses, los Luis XI y los Cromwell mueren en su cama. En los cuentos el infierno es siempre visible. No hay falta que no tenga su castigo a veces incluso exagerado; no hay crimen que no traiga tras de sí un suplicio con frecuencia espantoso; no hay malvado que no se convierta en un desgraciado a veces digno de lástima. Eso ocurre porque la historia se mueve en lo infinito y el cuento en lo finito. El hombre, que hace el cuento, no se siente con derecho a exponer los hechos y dejar suponer las consecuencias de los mismos; porque palpa en la oscuridad, no está seguro de nada, necesita acotarlo todo por medio de una enseñanza, un consejo y una lección; y no se atrevería a inventar acontecimientos sin conclusión inmediata. Dios, que hace la historia, muestra lo que quiere y conoce el resto. 

Maüsethurm es un término cómodo. Se ve en él lo que se quiere ver. Hay espíritus que se consideran positivos -y que no son sino áridos-, que expulsan de todo la poesía, y están siempre dispuestos a decirle, como aquel hombre positivo al ruiseñor: «¡Quieres callarte, maldito animal!» Este tipo de mentes explican que la palabra Maüsethurm viene de maus o mauth, que significa peaje. Declaran que en el siglo X, antes de que se ensanchara el cauce del río, el paso del Rin sólo estaba abierto por la orilla izquierda y que la ciudad de Bingen había establecido por medio de esta torre su derecho de fielato sobre los barcos. Se apoyan en que aún hay cerca de Estrasburgo dos torres parecidas dedicadas a la percepción de impuestos sobre los transeúntes, que también se llaman Maüsethurm. Para estos graves pensadores inaccesibles a las fábulas, la torre maldita es una puerta de consumos y Hatto un portalero o aduanero. 

Para las gentes sencillas, entre las que me incluyo gustoso, Maüsethurm procede de maüse, que viene de mus y significa rata. Esa supuesta puerta de consumos es la torre de las ratas, y el aduanero un espectro. 

Después de todo, las dos opiniones podrían conciliarse. No es absolutamente imposible que hacia el siglo XVI o el XVII, después de Lutero, después de Erasmo, los bugomaestres incrédulos hubieran utilizado la torre de Hatto y hubieran instalado provisionalmente alguna tasa y algún peaje en aquella ruina de mala fama. ¿Por qué no? Roma hizo del templo de Antonino su aduana, su dogana. Lo que Roma hizo respecto a la historia, Bingen pudo hacerlo respecto a la leyenda. Así, mauth tendría razón y maüse no estaría equivocada. 

Sea como fuere, desde que la vieja criada me narró el cuento de Hatto, la Maüsethurm había sido una de las visiones habituales de mi espíritu. Ya saben, no hay hombre que no tenga sus fantasmas, como no hay hombre que no tenga sus quimeras. Por la noche pertenecemos a los sueños; a veces los atraviesa un rayo de sol, a veces lo hace una llama; y según el reflejo colorante, el mismo sueño es una gloria celestial o una aparición del infierno. Efecto de luz de Bengala que se produce en la imaginación. 

Yo debo reconocer que la torre de las ratas, en medio de su charca de agua, siempre me pareció horrible. Por lo que -¿me atreveré a confesarlo?- cuando el azar, que me pasea a su antojo, me condujo a orillas del Rin, el primer pensamiento que se me ocurrió no fue que vería la cúpula de Maguncia, o la catedral de Colonia o el Palatinado, sino que podría visitar la torre de las ratas. 

http://elespejogotico.blogspot.com/2011/03/la-torre-de-los-ratones-victor-hugo.html

domingo, 29 de abril de 2012

ENRIQUE JARDIEL PONCELA (UN MARIDO SIN VOCACIÓN)


Enrique Jardiel Poncela (Madrid, 15 de octubre de 1901 – ibídem, 18 de febrero de 1952) fue un escritor y dramaturgo español. Su obra, relacionada con el teatro del absurdo, se alejó del humor tradicional acercándose a otro más intelectual, inverosímil e ilógico, rompiendo así con el naturalismo tradicional imperante en el teatro español de la época. Esto le supuso ser atacado por una gran parte de la crítica de su tiempo, ya que su humor hería los sentimientos más sensibles y abría un abanico de posibilidades cómicas que no siempre eran bien entendidas. A esto hay que sumar sus posteriores problemas con la censura franquista. Sin embargo, el paso de los años no ha hecho sino acrecentar su figura y sus obras siguen representándose en la actualidad, habiéndose rodado además numerosas películas basadas en ellas. Murió de cáncer, arruinado y en gran medida olvidado, a los 50 años.

UN MARIDO SIN VOCACION 

Nota: Narración escrita por el autor sin utilizar la letra "e". 

Un otoño -muchos años atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial. 

-¡Hay un matrimonio próximo, pollos! -advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.

-¿Un matrimonio? 

-Un matrimonio, sí -corroboró Ramón. 

-¿Tuyo? 

-Mío. 

-¿Con una muchacha? 

-¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo? 

-¿Y cuándo ocurrirá la cosa? 

-Lo ignoro. 

-¿Cómo? 

-No conozco aún a la novia. Ahora voy a buscarla... 

Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad. 

A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa, algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a La moda y la Casa (publicación para muchachas sin novio). 

Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!... Una boda como todas las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas, sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las rodillas los padrinos; lunch, sandwichs duros como un fiscal... 

Al onzavo sandwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos gritos brotaron: 

-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan! 

Y los amigos cogimos otro sandwich -dozavo- y otra copita. 

Y allí acabó la cosa. Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí... 

Al contrario: allí daba principio. 

Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más mínima por construir un hogar dichoso. 

-¡Soy un idiota! -murmuró Ramón-. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy ciudadano casado... 

Y corroboró rabioso: 

-¡Soy un idiota! Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía dos mil grados la rabia masculina. 

-¡Dios mío! -gruñía Ramón mirándola-. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como unas natillas!... No hay ya salvación para mí..., ¡no la hay! 

Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia. 

-¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! -gritó. (Silvia miró al parabrisas con infantil docilidad). 

Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución: 

-Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si no logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada... 

Y tal solución tranquilizó mucho a su alma. 

Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la burrada inicial. Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia. 

-Grupo nupcial, ¿no? -indagó. 

-Sí -dijo Ramón. Y añadió-: Con una variación. 

-¿Cuál? 

- La sustitución más original vista hasta ahora... Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la foto... ¡Viva la originalidad! 

Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo: 

-¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión. La cara más alta... ¡Cuidado! ¡Así!... ¡Ya! 

Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y salió con Silvia orondo y dichoso. 

-¡Al auto! -mandó. (Silvia ahora iba llorando)-. ¡La cosa marcha! -susurró Ramón. 

Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda.)

Ramón no quiso subir al vagón con Silvia. 

-Yo viajo con los maquinistas -anunció-. Voy a la locomotora... ¡Hasta la vista! 

Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a Irún había adquirido un magnífico color antracita. 

*** 

Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a la fonda a buscar a Silvia. 

Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a su brazo mórbido y distinguido. Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.

Silvia sufría cada día más. 

-¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! -murmuraba todavía Ramón-. Pronto rogará Silvia un divorcio total. Sigamos con las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial, multiplicando la dosis. 

*** 

Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas. 

Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo. 

*** 

Por fin lo trasladaron al manicomio. 

Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía imposibilitado para otra boda con otra Silvia... 

Ventanilla de cuentos corrientes, Madrid, 1930


http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/jardiel/marido.htm

miércoles, 25 de abril de 2012

KATHERINE MANSFIELD (VENENO)


Katherine Mansfields es el pseudónimo que usó Kathleen Beauchamp (Wellington, Nueva Zelanda, 14 de octubre de 1888 - Fontainebleau, Francia, 9 de enero de 1923) una destacada escritora modernista de origen neozelandés .

Veneno (Poison) es un relato de terror de la escritora victoriana Katherine Mansfield, seudónimo utilizado por Kathleen Beauchamp para la publicación de sus obras. Algunos analizan este cuento como un relato fantástico, debido a la ambigüedad del desenlace, pero el género fantástico necesita de cierta atmósfera sobrenatural, o antinatural, para desarrollarse. Veneno, como muchos relatos de Katherine Mansfield, nos estimula hacia una nueva forma de concebir el horror en la literatura. Lo psicológico no adquiere cierta importancia en su narrativa, sino una importancia total, completa. Más allá de los pensamientos y emociones de sus personajes no hay nada, apenas indicios, pistas sobre una inminencia, algo que nos anticipa un final catastrófico. Hay un enorme refinamiento en Katherine Mansfield; un sentido estético exquisito, armonioso, casi musical. Sus fantasmas y horrores son los de la mente; temores que no tienen forma y que en sus relatos aparecen como las visiones trémulas, o pesadillas, de sus personajes. 


VENENO

El correo tardaba. Cuando volvimos de nuestro paseo después del desayuno, aún no había llegado. 

 -Pas encore, madame. -canto Annette, escabulléndose hacia la cocina. Llevamos nuestras cosas al comedor. La mesa estaba servida. Como siempre, la vista de la mesa arreglada para dos, sólo para dos, tan acabada, tan perfecta, que no dejaba lugar para un tercero, me producía un extraño estremecimiento, como si hubiese sido golpeado por aquel resplandor plateado que vibraba sobre el mantel blanco, las copas brillantes y el tazón poco profundo lleno de flores amarillas. 

 ¡Dichoso cartero! ¿Qué puede haberle ocurrido? -exclamó Beatrice- Deja estas cosas por ahí, querido. 
-¿Dónde las quieres? 
Ella Levantó la cabeza y sonriéndome con su modo suave y burlón, dijo: 
-Tonto. En cualquier sitio. 

Pero sabía que tal lugar no existía para ella, y habría preferido quedarme durante meses sosteniendo la botella de licor y los pasteles, antes que arriesgarme a producir el más ligero sobresalto a su exquisito sentido del orden. 

-Dámelos, yo los guardaré. -Los dejó caer sobre la mesa, junto con sus guantes largos y una canasta de higos- me asió por el brazo-. Salgamos a la terraza... 
La sentí estremecerse. 
-Ça sent -dijo tenuemente- de la cuisine. 

Había notado que hacía dos meses que vivíamos en el sur, que cuando quería hablar de comida, del clima o sencillamente de su amor por mí, siempre empleaba el francés. 

Nos sentamos bajo la marquesina. Beatrice estaba inclinada, mirando a lo lejos, hacia la carretera blanca con su defensa de cactus espinosos. La belleza de su oreja, tan sólo su oreja, tan maravillosa que habría podido dejar de mirarla y gritar hacia toda aquella extensión de mar centelleante que teníamos debajo. Iba vestida de blanco, perlas blancas alrededor de su garganta y lirios del valle prendidos en el cinturón. En el tercer dedo de la mano izquierda lucía un anillo con una perla, sin anillo nupcial. 

¿Por qué llevarlo, mon ami? ¿Para qué fingir? ¿A quién crees que le importe? 

Y claro está, estuve de acuerdo, aunque en mí interior, en lo mas profundo de mi corazón, habría dado mi alma para poder estar a su lado en una gran, si, gran iglesia de moda, atestada de gente, con un cura viejo y La Voz que alentó en el Paraíso, con ramos de laurel y olor a incienso, una alfombra roja y papeles de colores, y en algún sitio, un pastel de boda, champaña y un zapato de raso atado a la parte trasera del coche. Si hubiese podido deslizar nuestro anillo de bodas en su dedo. No porque me interesen esa clase de espectáculos, sino porque intuía en aquel acto su absoluta libertad. 

¡Oh, Dios, qué felicidad torturante, qué angustia! Miré hacia la casa, hacia la ventana de nuestra habitación, tan misteriosamente oculta tras las persianas verdes. ¿Era posible que llegase moviéndose a través de la luz verde, sonriendo con aquella sonrisa secreta, la lánguida y brillante sonrisa que era sólo para mí? 

Puso su brazo alrededor de mi cuello; con la otra mano, suave, terriblemente, me echó el cabello hacia atrás, ¿Quién eres? ¿Quién era ella? Era la Mujer. 

La primera tarde tibia de primavera, cuando las luces brillaron a través del perfume de las liras y de voces que murmuraban en los jardines, fue cuando cantó en la casa con las cortinas de tul. Como quien marchaba bajo la luz de la luna a través de la ciudad desconocida, suya era la sombra que surgió entre el oro tembloroso de los postigos. Cuando se encendió la lámpara en la quietud recién nacida, sus pasos cruzaron tu puerta. Y miró hacia fuera, hacia el crepúsculo de otoño, pálida, mientras el coche se deslizaba... 

El caso es que en aquel momento yo tenía veinticuatro años. Y cuando se recostó en su asiento, con las perlas resbalando bajo la barbilla, y suspiró: 
-Tengo sed, querido. Donne-moi un orange. -alegremente, con gusto, habría sacado una naranja de las fauces de un cocodrilo, si los cocodrilos comieran naranjas.
Beatrice canto: 
-Tuve dos pequeñas alas y donde un pájaro alado... La tomé de la mano. 
-¿No te irás volando? 
-No muy lejos; no más lejos que el sendero. 
-¿Por qué allí? 
-El no llega. -dijo ella. 
-¿Quién? ¿El viejo cartero? Pero si no estás esperando ninguna carta. 
-No, pero es igualmente molesto. ¡Ah! -De pronto ella rió y al reír se me acercó- Mira, ahí viene. ¡Parece un escarabajo azul! Juntamos nuestras mejillas y observamos como el escarabajo azul subía la cuesta. 
-Querido -susurró Beatrice. Y la palabra pareció quedarse en el aire, vibrando como la nota de un violín. 
-¿Qué, amor? 
-No lo sé. -rió suavemente- Una oleada, una oleada de afecto, supongo. 
La abracé. -¿Entonces no te irás volando? 
Contestó rápido y suavemente: -¡No, no! Por nada del mundo. De verdad, me gusta este lugar. Me encanta estar aquí. Me parece que podría quedarme durante años. Nunca había sido tan feliz como en estos dos últimos meses, y tú, querido, has sido tan perfecto en todos los sentidos. 
Era tan hermoso, tan extraordinario y sin precedentes, oírla hablar de aquel modo, que procuré no darle importancia. -
¡Por favor! Parece que te estás despidiendo. 
-Tonterías, tonterías. ¡Estas cosas no las digas ni en broma! –deslizó su pequeña mano bajo mi chaqueta blanca y asió mi hombro- Has sido feliz ¿verdad? 
-¿Feliz? ¿Feliz? Oh, Dios, si supieras lo que siento en este momento. ¿Feliz? ¡Mi tesoro! ¡Mi alegría! Solté la balaustrada y la abracé, levantándola en mis brazos. Y mientras la mantenía en alto, hundí mi cara en su seno, diciéndole: 
-¿Eres mía? 
Y por primera vez en todos aquellos desesperados meses en que la conocí, aun contando el último mes celestial le creí cuando me contestó: 
-Soy tuya. 

El ruido de la verja y los pasos del cartero sobre la grava nos separaron. Me sentía mareado. Permanecí allí, sonriendo, y por lo que me pareció, bastante estúpidamente. Beatrice se acercó a las sillas de junco. 
-¿Vas a si hay cartas? -preguntó. 
Me incorporé, casi tambaleándome, Pero era demasiado tarde, Annette llegaba corriendo. 
-Pas de lettres -dijo. 
Mi sonrisa atolondrada debió sorprenderla. Estaba loco de felicidad. Lancé los periódicos al aire. 
-¡No hay cartas, querida! 
Al reunirme con ella, la mujer amada estaba tendida en una hamaca. Por un momento, no contestó. Después dijo, mientras rasgaba la envoltura del periódico: 
-Los que olvidan el mundo son olvidados por él. 
Hay ocasiones en que la única cosa posible es encender un cigarrillo. Es más que un aliado, un pequeño amigo, leal y secreto, que lo sabe todo y lo comprende todo. Mientras fumas, lo miras, sonriente o serio, según lo pide la ocasión. Inhalas profundamente y expeles el humo en un lento abanico. Aquel era uno de esos momentos. Fui hacia la magnolia y aspiré su perfume. Después volví a su lado y me recosté contra su hombro. Entonces tiró con rapidez el periódico al suelo. 
-No dice nada -afirmó ella- Nada. Hay únicamente un juicio por envenenamiento. Si un hombre mató o no a su esposa. Y por ello veinte mil personas se han sentado diariamente en el tribunal y dos millones de palabras han sido radiadas a todo el mundo después de cada sesión. 
-Estúpido mundo -repuse, dejándome caer en otra silla. 
Quería olvidar el periódico, volver, claro, al instante que precedió a la llegada del cartero. Pero cuando habló, supe que el momento había pasado. No importaba. Me gustaba esperar, quinientos años si era necesario, ahora que lo sabía. 
-No tan estúpido -dijo Beatrice- Después de todo, por parte de esas veinte mil personas, no es sólo mórbida curiosidad. 
-¿Qué es, entonces, querida? -el cielo sabe que no me importaba- 
¡Culpabilidad! –gritó- ¡Culpabilidad! ¿No te das cuenta? Están fascinados como la gente enferma se deja fascinar por pequeñas noticias sobre su propio caso. El hombre del banquillo puede ser inocente, pero la mayoría de las personas que asiste al juicio, son envenenadores. ¿No se te ha ocurrido pensar -estaba pálida por la excitación- en la cantidad de envenenadores que andan sueltos? En los matrimonios, la excepción la forman los que no tratan de envenenarse el uno al otro. Los matrimonios y los amantes. ¡Oh! –gritó- El número de tazas de té, vasos de vino, tazas de café que están contaminadas. Las que me han dado a mí y he bebido, sabiéndolo o sin saberlo, arriesgándome. La única razón por la que muchas parejas -se rió- sobreviven, es porque uno teme darle al otro la dosis fatal. Para esa dosis se necesita empuje. Pero está destinada a llegar más pronto o más tarde. Una vez se ha dado la primera dosis, ya no hay modo de volverse atrás. Es el principio del fin, desde luego. ¿No estás de acuerdo? ¿Comprendes lo que quiero decir? 

No esperó a que le conteste, se quitó los lirios y se recostó, pasándoselos ante los ojos. 
-Mis dos maridos me envenenaron -dijo Beatrice- El primero me dio una fuerte dosis casi inmediatamente, pero el segundo fue un verdadero artista. Sólo unas gotas, una y otra vez, bien disimuladas. ¡Oh, tan bien disimuladas! Hasta que una mañana desperté y en todo mi cuerpo, hasta la punta de los dedos, había un matiz especial. Llegué a tiempo. 
Oírle mencionar a sus maridos con tanta calma, especialmente en aquel momento, era doloroso. No pude soportarlo. Me disponía a hablar cuando de pronto ella gritó lúgubremente: 
-¿Por qué? ¿Por qué tenía que pasarme? ¿Qué he hecho? ¿Por qué toda mi vida ha sido marcada? Es una conspiración. 
Traté de explicarle que ella era demasiado perfecta para aquel mundo horrible, demasiado exquisita, demasiado fina. Asustaba a la gente. 
-Yo no he tratado de envenenarte, Beatrice. –bromeé 
Ella rió tenuemente de un modo extraño y mordisqueó el tallo de un lirio. 
-¡Tú! –exclamó- ¡Si no eres capaz de hacerle dañar una mosca! Curioso. Aquello me lastimó. Mucho. En aquel momento llegó Annette con nuestros aperitifs. Beatrice se sentó, tomó una copa de la bandeja y me la tendió. Vi el brillo de la perla en lo que yo llamaba su dedo perlado. ¿Por qué me había sentido herido por sus palabras? 
-¿Y tú no has envenenado a nadie? -pregunté, tomando la copa. Aquello me dio una idea y traté de explicársela- Tú, tú haces lo contrario. Cómo llamarías a alguien como tú, que en vez de envenenar a las personas, las llenas, al cartero, a nuestro chofer, al barquero, a la florista, a mí, de una nueva vida, con algo que irradia, tu belleza, tu... 

Sonrió soñadoramente y soñadoramente me miró. 
¿En qué estás pensando, mi delicioso amor? 
-Me preguntaba –dijo- si después de comer te importaría ir al pueblo y pedir el correo de la tarde. ¿Podrías hacerlo, querido? No es que espere ninguna carta, pero pensé que quizás... sería tonto no tenerlas si están allí. ¿No te parece? Sería absurdo esperar hasta mañana. 
Dio la vuelta entre sus dedos el pie de su copa. Inclinaba la hermosa cabeza. Levanté mi copa y bebí. Sorbía lenta, deliberadamente, mirando la cabeza oscura y pensando en carteros, escarabajos azules y adioses que no son adioses. 

¡Dios mío! ¿No era aquello sorprendente? No, no era sorprendente. La bebida tenía un sabor estremecedor, amargo, curioso.