domingo, 22 de enero de 2012

MARÍA DE FRANCIA (EL HOMBRE LOBO)



María de Francia (en francés, Marie de France) fue una poetisa nacida en Isla de Francia (Francia en aquella época) que vivió en Inglaterra a finales del siglo XII. No se sabe prácticamente nada de su vida, aunque escribió en anglo-normando, una clase de lengua de oïl hablada entre las élites de Inglaterra. Aunque los eruditos no conocen la identidad de María de Francia, el nombre se ha deducido de una de sus obras: «Marie ai nun, si sui de France...» (en español, «Mi nombre es María, y soy de Francia...»). Fue la primera poetisa en lengua francesa, y sus obras son una de las primeras muestras del amor cortés en la literatura.


EL HOMBRE LOBO

Puesto que he decidido contárlais, no quiero olvidarme de El hombre-lobo. Bisclavret es el nombre en bretón; los normandos lo llaman Garwaf (Garou). Se podía oír hace tiempo e incluso con frecuencia ocurría, que ciertos hombres se convertían en lobos y habitaban en los bosques. El hombre-lobo es bestia salvaje. Mientras está rabioso, devora hombres, produce grandes daños yendo y viniendo por la espesura. Pero dejemos este asunto. Os quiero hablar de uno de ellos en concreto.

Vivía en Bretaña un barón. De él he oído grandes alabanzas. Era bello y buen caballero, y se conducía noblemente. Era muy amigo de su señor y todos sus vecinos lo querían. Se había casado con una mujer de elevada alcurnia y agradable semblante. Él la amaba y ella le correspondía. Una cosa, no obstante, molestaba a la dama, y es que cada semana perdía a su esposo durante tres días enteros, sin saber qué le acontecía ni adónde iba. Ninguno de los suyos sabía nada tampoco.

En cierta ocasión en que volvía a su casa, alegre y contento, ella le ha interrogado:

-Señor, -le ha dicho-, hermoso y dulce amigo, desearía preguntaros una cosa, si me atreviera a ello, pero temo vuestra ira. ¡No hay cosa que más tema en el mundo!

Cuando él la hubo oído, la abrazó, la atrajo hacia sí y la besó.

-Señora, -dijo-, preguntad. No hay pregunta a la que yo no quiera responderos, si sé hacerlo.

Respondió ella:

-Por mi fe, ¡estoy salvada! ¡Señor, tengo tanto miedo los días en que os separáis de mí! Siento gran dolor en el corazón y tan gran temor de perderos que si no obtengo consuelo de inmediato, creo que voy a morir pronto. Decidme adónde vais, dónde os halláis, dónde permanecéis. A mi parecer, tenéis otro amor y, si es así, cometéis grave falta.

-Señora, por Dios, gran mal me vendría si os lo digo, pues os alejaría de mi amor y yo mismo me perdería.

La dama, al oír esto, no lo ha tomado a burla. Tantas veces le repite su pregunta, tanto lo mima y adula que él termina por contarle su aventura, sin ocultarle nada.

-Señora, yo me convierto en hombre-lobo. Me introduzco en el bosque, en lo más profundo de la espesura, y allí vivo de presas y rapiñas.

Cuando le hubo contado todo, ella le preguntó si se desnudaba o iba vestido.

-Señora, -dijo él-, voy completamente desnudo.

-Y decidme, por Dios, ¿dónde dejáis vuestras ropas?

-Señora, eso no os lo diré, pues si llegase a descubrir que he perdido mis vestiduras, hombre-lobo sería para siempre, y nadie podría ayudarme hasta que me fuesen devueltas. Por eso no quiero que se sepa su paradero.

-Señor, -replicó ella-, os amo más que nadie en el mundo. No debéis ocultarme nada, ni dudar de mí en ningún momento. Así, ¿qué amor me mostraríais? ¿Qué mal os he hecho yo, qué pecado he cometido para que dudéis de mí? Bien será que me lo digáis.

Tanto lo presiona, tanto lo asedia que él no puede hacer otra cosa que decírselo:

-Señora, a la entrada del bosque, junto al camino por el que voy, existe una vieja capilla que a menudo me presta buenos servicios. Allí hay una enorme piedra hueca, bajo un matorral. Dejo mi ropa en esa oquedad, bajo el arbusto, hasta que vuelvo a casa.

La dama oyó esta maravilla y palideció de terror. La aventura la había llenado de espanto. A partir de entonces no pensó en otra cosa que en escapar de su compañía, pues no quería dormir más a su lado.

Un caballero del país la había amado antiguamente, le había suplicado, requerido y servido durante mucho tiempo. Ella no le había correspondido nunca, ni le había dado la menor esperanza. Pero ahora le envió un mensaje, descubriéndole su corazón: «Amigo, -le decía-, estad contento: aquello por lo que penáis, os lo ofrezco sin dilación. No opondré resistencia alguna. Os otorgo mi amor y mi cuerpo. ¡Haced de mí vuestra amante!» Él se lo agradece vivamente y le toma la palabra. Ella le hace jurar que cumplirá sus órdenes. Después le cuenta cómo su esposo se marchaba y en qué se convertía. Le enseña el camino que toma para ir al bosque, y lo envía a buscar sus vestiduras.

Así fue traicionado el hombre-lobo, y vendido por su mujer. Como desaparecía a menudo, todos pensaron, como era de esperar, que se había ido para siempre. Se le buscó, se preguntó por él, pero no se le pudo encontrar y se dieron por terminadas las pesquisas. Entonces la dama se casó con quien la amaba desde hacía tanto tiempo.

Así transcurrió un año entero, hasta que el rey fue un día a cazar. Se encaminó hacia el bosque donde se encontraba el hombre-lobo. Los perros, una vez sueltos, le han descubierto. Canes y cazadores le persiguieron todo el día, tanto que ya van a darle alcance y destrozarle con sus garras. En cuanto la bestia ve al rey, corre en su busca implorando su merced. Se acerca a su estribo, besa pie y pierna del monarca. El rey, al verle, siente gran miedo, y llama a todos los acompañantes.

-Señores, -dice-, acercaos. ¡Mirad qué prodigio, cómo se humilla este animal! Piensa como un hombre, suplica mi favor. Haced retroceder a los perros, preocupaos de que nadie lo hiera. Este animal tiene entendimiento y buen sentido. Daos prisa, vámonos. Concedo mi perdón a la bestia: no cazaré hoy más.

Dicho esto, el rey vuelve a la corte. El hombre-lobo lo acompaña, se coloca a su lado, no tiene intención de abandonarlo. El monarca, muy satisfecho, le lleva consigo a palacio: jamás había visto cosa igual. Lo considera una gran maravilla y se ha encariñado con él. A todos los suyos ha ordenado que, por su amor, lo cuiden bien y no lo maltraten, que no reciba herida ninguna, que le den de beber y comer. Ellos lo cuidan con mucho agrado. Va a tumbarse todos los días entre los caballeros, cerca del rey. No hay nadie que no lo aprecie: tan bueno y apacible es que nunca intenta hacer ningún mal. Allí donde va el rey, él le sigue, jamás lo abandona, pues se ha dado cuenta de que el monarca también lo aprecia a él.

Oíd lo que ocurrió después. Con el fin de celebrar cortes, el rey había convocado a todos sus barones con feudo, para animación de la fiesta y para su mejor servicio. Allí fue, ataviado con ricas y hermosas vestiduras, el caballero casado con la esposa del hombre-lobo. Poco imaginaba aquél que iba a tener a éste tan cerca.

Tan pronto como llega al palacio es visto por el hombre-lobo quien, con gran impulso, corre hacía él, lo coge con sus dientes y lo arrastra. Mayor daño aún le habría causado, de no ser porque el rey lo llamó, amenazándolo con una vara. Dos veces aquel día intentó morderle. Casi todos estaban muy extrañados, pues nunca se había comportado de esa manera a la vista de ningún hombre. Toda la casa comenta que algún motivo ha de tener su agresión; que el caballero, de una forma u otra, ha debido dañarle, pues que él desea vengarse.

En aquella ocasión no pasó más. Cuando acabó la fiesta, se despidieron los barones y retornaron a sus casas. Entre los primeros, partió el caballero a quien el hombre-lobo había atacado. No es maravilla que lo odie.

No pasó mucho tiempo, tal es mi opinión, sin que el sabio y cortés monarca volviese al bosque donde había encontrado al hombre-lobo. Éste lo acompañaba. Al terminar la cacería, la corte buscó albergue en la región. La exmujer del hombre-lobo, al saberlo, se adornó con extremo cuidado y, por la mañana, fue a hablar con el rey, llevándole un rico presente.

Cuando el hombre-lobo la ve venir, nadie puede retenerlo: corre hacia ella como rabioso. Oíd lo bien que se vengó: le arrancó la nariz de un bocado. ¿Qué mayor daño podía hacerle? Por todas partes lo amenazan por su acción; lo habrían hecho mil pedazos si un hombre sabio no hubiese dicho al rey:

-Señor, escuchadme. Este animal ha vivido con vos, no hay nadie de nosotros que no lo haya visto detenidamente y no haya estado mucho tiempo a su lado. Jamás tocó a hombre alguno ni cometió ninguna felonía, fuera del ataque contra la mujer aquí presente. Por la fe que os debo, creo que tiene algún motivo de irritación contra ella y contra su marido. Ésta es la esposa de aquel caballero a quien tanto queríais que se perdió hace tanto tiempo sin que sepamos nada de él. Someted a tortura a la dama, a ver si os confiesa alguna razón por la que este animal pueda odiarla. Hacedle decir todo lo que sepa. ¡Han ocurrido tantas maravillas en esta tierra de Bretaña!

El rey sigue su consejo. Detiene al caballero y prendiendo a la dama, la somete a gran tormento. Tanto por el dolor como por el miedo ella terminó contando todo lo relativo a su antiguo esposo: cómo lo había traicionado y le había arrebatado su ropa, la aventura que él le había contado, en qué se convertía, adónde iba, y cómo no se le había visto en la región desde que le hubieron quitado los vestidos; bien pensaba ella que el animal fuese el hombre-lobo en cuestión.

El rey le exige entonces que traiga las vestiduras. Quiéralo o no, la dama las hace traer y entregar al hombre-lobo. Cuando se las ponen delante, él no les presta atención.

En ese momento, el sabio que había aconsejado al rey, le dijo:

-Señor, no lo estáis haciendo bien. Por nada del mundo querría el hombre-lobo vestirse ante vos ni cambiar ante vos su apariencia bestial, pues siente mucha vergüenza. Hacedle llevar a vuestras habitaciones y dejarlo allí con su ropa. Después de transcurrido un buen rato, veremos cómo se convierte en hombre y regresa.

El rey en persona le condujo, cerrando tras él todas las puertas. Al cabo de un cierto tiempo, volvió a su cámara, llevando con él a dos barones. Entran los tres y encuentran, sobre el mismo lecho del monarca, al caballero que dormía. El rey corrió a abrazarle, besándolo más de cien veces. Una vez que se hubo repuesto, le devolvió todas sus propiedades y más que no me detengo a contar. En cuanto a la mujer, el rey la expulsó del país. Con ella partió el que había traicionado a su señor. Tuvieron muchos hijos bien conocidos por su apariencia y rostro: la mayoría nació y vivió sin nariz.

La aventura que habéis oído es verdadera, no lo dudéis. Para guardar de ella una eterna memoria fue compuesto un lai, titulado El hombre-lobo.


miércoles, 4 de enero de 2012

STIG DAGERMAN (MATAR A UN NIÑO)



Stig Dagerman ( Estocolomo,1923 - Enebyberg, área suburbana de Estocolmo-noviembre, 1954) fue un escritor anarquista sueco. En 1952, dos años antes de suicidarse, escribe Nuestra necesidad de consuelo es insaciable, especie de testamento de una decena de páginas. En 1953 se casa con Anita Björk. Muere en Enebyberg, área suburbana de Estocolmo, el 4 de noviembre de 1954.


MATAR A UN NIÑO


Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.
Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir y que el bote permanecerá allí donde está todo el día y muchos otros días. No es lejos lo de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño carro azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en su cocina con las tazas de café levantadas y observan al carro venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre en el carro ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El carro se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los muelles tumbos del carro, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar en el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?

Después, todo es demasiado tarde. Después, está un carro azul al sesgo en el camino, y una mujer que grita retira la mano de la boca, y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beber su café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán. Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e igualmente, mal cura la congoja del hombre feliz, que lo mató… Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a tener que necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue su culpa. Pero sabe que esto es mentira, y en sus sueños de las noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para "hacer este solo minuto diferente".

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.