GYULA ILLYÉS (SU MAJESTAD, MIAU)
Felsőrácegrespuszta –Hungría, 1902– Budapest, 1983
Hijo de un operario mecánico en una enorme propiedaddel oeste de Hungría Se enroló como voluntario en el Ejército Rojo de Béla Kun al comienzo de la Primera Guerra Mundial Cuando fracasó la revolución húngara, en 1919, huyó a París
Ahí estudió literatura francesa y comenzó a escribir poesía. Amigo de los dadaístas y surrealistas, como Tzará, Eluard, y también del poeta con una línea propia, nuestro conocido Jean Follain. Regresó a . Hungría en 1926. Durante la década del '30, se dedicó junto a otros escritores y sociólogos, a una serie de estudios de campo de la vida rural húngara. Fruto de esa experiencia publicó un libro extraordinario llamado Gente de las Pusztas.
Había una vez una viuda que tenía un gato con ella. Que ya era un gato grande, pero tan glotón como si fuera uno pequeñito. Una mañana se bebió toda la leche de un puchero. La viuda se enfadó, le pegó mucho y lo echó de la casa. El gato se deslizó hasta el final del pueblo y allí se sentó muy triste junto a un puente.
En un extremo del puente estaba sentado un zorro que dejaba caer su gran y bien poblada cola. Lo vio el gato y empezó a juguetear con la cola y a atraparla. El zorro se asustó y dio un salto girándose. El gato también se asustó, entonces se alejó mientras se le ponían los pelos de punta. Así se miraron los dos durante un rato.
El zorro nunca había visto un gato y el gato tampoco había visto nunca un zorro. Los dos tenían miedo pero ninguno sabía qué hacer. Al final el zorro dijo:
– Si no le ofendo , ¿podría decirme, señor, de qué raza es usted?
– ¡Yo soy Su Majestad Miau !
– ¿Su Majestad Miau?
– Nunca había oído su nombre.
– Pues sí que hubieras debido oír de mí. Yo soy capaz de mandar sobre todos los animales porque mi poder es muy grande.
El zorro se quedó sorprendido y asustado, y muy humildemente le pidió al gato que fuera su huésped para comer un poco de carne de pollo. Como ya era mediodía y como el gato estaba hambriento no esperó a que se lo dijeran dos veces. Así que se marcharon hacia la cueva del zorro. El gato pronto empezó a sentirse como un gran señor y se alegró porque el zorro le servía con tanto respeto como si él hubiera sido un auténtico rey. Se comportaba como un señor, hablaba poco y comía mucho, y después del almuerzo se fue a dormir y le ordenó al zorro que tuviera cuidado para que nadie le molestara mientras estaba durmiendo.
El zorro se puso a la boca de la cueva haciendo guardia. Entonces pasó por allí una pequeña liebre .
– ¡Oye tú, pequeña liebre, no pases por aquí porque mi señor Su Majestad Miau está durmiendo; si sale, no sabrás ni por dónde huir; él manda sobre todos los animales porque tiene mucho poder.
La pequeña liebre se asustó, se fue lenta y cabizbaja y se acurrucó en un claro del bosque y empezó a pensar: “¿Quién puede ser Su Majestad Miau? ¡Nunca había oído su nombre!”
Entonces pasó por allí un oso. Y la liebre le preguntó que a dónde iba:
– Doy una vuelta porque me aburro mucho – le dijo éste.
– Ay, no pases por aquí porque el zorro dice que su señor, Su Majestad Miau, está durmiendo y si sale no sabrás ni por dónde huir. El manda sobre todos los animales porque tiene mucho poder.
– ¿Su Majestad Miau? ¡Nunca había oído su nombre! Puesto que es así, pasaré por allí por lo menos, para ver como es esa Majestad Miau – Y se marchó hacia la cueva del zorro.
– ¡Oye tú, oso! – le gritó el guardián. – No pases por aquí porque mi señor Su Majestad Miau está durmiendo, si sale, no sabrás ni por dónde huir; él manda sobre todos los animales porque tiene mucho poder.
El oso se asustó y se dio la vuelta sin decir nada y volvió hacia donde estaba la pequeña liebre. Allí, junto a ella, encontró también al lobo y a la corneja; estaban quejándose porque a ellos les había pasado lo mismo.
– ¿Quién puede ser Su Majestad Miau? ¡Nunca hemos oído su nombre!- se decían todos, y estaban deliberando qué hacer para poder verle. Quedaron en invitarle a comer con el zorro.
Inmediatamente mandaron a la corneja para que invitara a los huéspedes.
Cuando el zorro vio a la corneja saltó con mucha rabia y le regañó por haberle molestado otra vez.
– ¡Vete de aquí!
¿No te lo he dicho ya? Mi señor es Su Majestad Miau y si sale, no sabrás ni por dónde huir; él manda sobre todos los animales porque tiene mucho poder.
– Lo sé, muy bien que lo sé; no he venido aquí voluntariamente sino que me mandaron el oso, el lobo y la liebre para invitaros a comer en su casa.
– Pues así es diferente. Espera un momento.
Entonces el zorro se fue a informar a Su Majestad Miau sobre el asunto. Al poco salió y le dio a entender a la corneja que el rey aceptaba la invitación con mucho gusto y que irían a comer, sólo necesitaban saber a dónde.
– Mañana vendré a recogeros y llevaros allí.
Al oir la buena nueva, el oso, el lobo y la liebre montaron un banquete. A la liebre la pusieron de cocinera porque tenía la cola corta y así no se quemaba tan fácilmente. El oso traía leña y animales salvajes para cocinarlos. El lobo ponía la mesa y daba vueltas a la carne.
Cuando la comida ya estuvo preparada la corneja se fue a por los invitados. Iba volando de árbol en árbol pero no se atrevió a posarse en el suelo sino que se quedó arriba y de allí llamó al zorro.
– Espera un momento, pronto estaremos listos – le dijo el zorro. – Espera sólo a que mi señor, Su Majestad Miau, se atuse el bigote.
Finalmente salió también Su Majestad Miau. Se puso delante, andando con pasos lentos y majestuosos, pero a la corneja no la perdía de vista porque le tenía miedo. La corneja también estaba asustada, y sólo se atrevió a mirarlo de reojo, iba saltando de árbol en árbol, y así los conducía.
El oso, el lobo y la liebre estaban esperándolos con mucha ansiedad y todos se preguntaban cómo podría ser Su Majestad Miau. A veces se asomaban al camino por donde esperaban que llegaran los invitados.
– ¡Por allí viene, por allí viene! Dios mío, ¿por dónde huir?
Gritó la pequeña liebre, y con el susto, al correr, pisó el fuego. Se quemó los pelos y eso la hizo tan valiente que al darse la vuelta arañó la cara del lobo. El lobo pensó que eso sólo lo podía hacer el oso y por eso le dio una bofetada. El oso quería devolverle la bofetada a la pequeña libre pero se lo dio a Su Majestad Miau quien en este momento acababa de llegar.
Cuando vio que le había dado una bofetada a Su Majestad Miau, éste se asustó tanto que las piernas le tocaban el culo. Su Majestad Miau también se asustó al recibir una bofetada tan grande. ¡A correr también! La corneja al asustarse voló.
Y tal vez todavía siguen corriendo si no han parado.
La cosecha familiar en Ozora.
Gyula Illyés, de tres años, agarra un racimo mientras duerme.

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