PEDRO MIR (EL PACTO)
San Pedro de Macorís-Rpca. Dominicana 1913-Santo Domingo, 2000
Pedro Julio Mir Valentín fue un escritor dominicano perteneciente a la generación de los Independientes del 40, declarado Poeta Nacional de la República Dominicana por el Congreso Nacional en 1984. Se le conoce como uno de los poetas dominicanos más destacados y hay escuelas públicas con su nombre. La temprana muerte de su madre en 1917 le dejó un profundo sentido de ausencia que luego él mismo afirmaría que fue el origen de su vocación poética. A principios de la década de 1930, Pedro Mir empieza a escribir sus primeros poemas, mostrándolos a amigos y relacionados. En 1941 se graduó de doctor en Derecho por la UASD y comenzó a ejercer la profesión en una oficina de abogados de la capital. Sin embargo, la presión de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo se hace insoportable, especialmente para quien escribía poesía social. Pedro Mir murió en Santo Domingo, el 11 de julio del 2000, a causa de un enfisema. Fue declarado Poeta Nacional en 1984.
“La muerte es aquello que solo ocurre a los demás”. (Leo Ferrero)
Muchos se negaron a creerlo cuando lo comenté. La verdad es que, al tocar a la puerta y sin que nadie me lo dijera, ya yo sabía de quién se trataba, pese a no haber razón para que se presentara en aquel momento, sin avisar y sin que yo hubiera tenido motivo, premonición alguna o hecho concreto que me permitiera anunciar la proximidad de su visita.
– ¿Llegó la hora?, pregunté. – No, todavía no, me contestó la recién llegada. Por supuesto ya yo la había reconocido, no faltaba más. Era la misma dama vestida de negro, alta y delgada, de cara muy blanca, huesuda y sin nariz, con una inmensa sonrisa poblada de dientes que desde niño había visto representada multitud de veces en revistas, libros de cuentos, en los llamados “cartoons” o “dibujos animados”, o simplemente “muñequitos de colores” como los llamo aquí.
Daba la impresión de ser un esqueleto enlutado del cual solo se viera la parte sonriente de su calavera. El hecho de que ahora nos encontrábamos cara a cara (porque en definitiva también mi cara es la parte sonriente de mi esqueleto), no dejaba de ser una oportunidad aprovechable de alguna manera, y en todo caso digno de rememorarse. Por supuesto, la hice pasar.
– Bueno ¿y a qué debo el honor de esta visita?- pregunté con la muela de atrás. – He venido a recordarle que esta próxima ya nuestra partida, por si quiere prepararse. – Bien, bien, bien, respondí. –Y ¿a qué llamará usted prepararse?, dije como si hubiera dicho “a qué llamará esta maldita señora prepararse? – Prepararse podría ser por ejemplo, escribir sus memorias. – Ah, ya entiendo. ¿Y quién le dijo a usted que yo tengo memorias? – Sus amigos. – Muy bien. Y ¿por qué no le pide usted a mis amigos que las escriban ellos? – ¿Las memorias suyas? Usted debería saber que su vida la ha vivido usted y que ninguna vida es igual a otra. – Pues mire, señora, yo no tengo memorias, lo que tengo son olvidos. – ¿Olvidos?, ¡magnífico! Escriba eso, sus olvidos. – ¡Ah, y si no los recuerdo! – No importa, invéntelos. – Muy bien, pero tiene que darme tiempo. – Tómese todo el tiempo que quiera, me dijo y desvaneció como una nube de verano. No me quedó otra salida. Yo escribí desafortunadamente.
Escribí y escribí. A veces volvía a escribir lo que ya había escrito. Escribía hasta bañándome. Y durmiendo. Escribía hacia atrás. Verticalmente. Escribía con tinta de diversos colores. Escribía sentado en una tabla de planchar, y al noroeste del meridiano de Greenwich… en inglés. En latín. En afgano. En la playa. Fumando narguilé. Escribía de espaldas, boca arriba, con los ojos cerrados. Escribía como los africanos sencillos, para todo el mundo, y como los chinos, de la misma manera. Así como esperando para complacer a quien me quiere. Y me lee. Y no levantaba la pluma ni para saludar…
Y un día no supe más de mí… no sé si terminé mi trabajo. No sé si me detuve a mitad de palabra. Pienso que dejé de existir.
Así pues, cualquier cosa que me haya sucedido, busquen a esa dama sonriente que vino a visitarme. Algo ha tenido que ver con este asunto, a pesar de haberme dado todo el tiempo que quisiera… sobre todo porque… (Al llegar a este punto, un extraño rugido me obligó a levantar la pluma).


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