GIÁCOMO CASANOVA (PÍLDORAS DE CABELLOS)


Venecia-Italia, 1725-Dux, actual Duchcov, Bohemia, 1798
Giacomo Girolamo Casanova fue un aventurero, libertino, historiador, escritor, diplomático, jurista, violinista, filósofo, matemático, bibliotecario y agente secreto italiano, hermano de los pintores Giovanni Battista Casanova y Francesco Casanova Se le conoce sobre todo como arquetipo del libertino seductor, del que se han contado 132 conquistas amorosas.[3] Su obra principal fue una vasta autobiografía, la Histoire de ma vie, conocida también como Memorias de Casanova, escrita en francés porque entonces era el idioma más conocido y hablado en Europa, como acontece en el siglo XX con el inglés. Giacomo Casanova murió el 4 de junio de 1798 a los 73 años de edad en el Castillo de Dux (actual Duchcov, República Checa). Pasó sus últimos años trabajando como bibliotecario para el Conde Waldstein y se dice que sus últimas palabras fueron: "He vivido como filósofo, y muero como cristiano".CasanoG

- Un día en que su doncella le cortaba a la señora F. las puntas de sus largos cabellos en mi presencia, me distraía recogiendo los pequeños y bonitos mechones y los iba colocando sobre el tocador, excepto un mechoncito que me metí en el bolsillo, pensando que no se daría cuenta. Pero, en cuanto estuvimos solos, me dijo con dulzura pero un poco seria que le devolviese aquel rizo que había recogido. Me pareció que me trataba con un rigor tan cruel como injusto, pero obedecí y con aire desdeñoso arrojé el rizo sobre el tocador

– Caballero, estáis faltándome.

– No, señora. No os costaba nada fingir que no advertíais este inocente robo.

– No me gusta fingir.
– ¿Tanto os molesta un robo tan pueril?
– No es eso. Pero ese robo demuestra unos sentimientos hacia mí que a vos, que sois hombre de confianza de mi marido, no os está permitido alimentar.
Me encerré en mi cuarto, me desvestí y me eché en la cama. Me fingí enfermo. Por la tarde fue a verme y me dejó un paquetito al darme la mano. Cuando lo abrí, a solas, descubrí que había querido reparar su avaricia regalándome unos mechones larguísimos
Con ellos me hice un cordón muy fino, en uno de cuyos extremos hice poner un lazo negro, para poder estrangularme si alguna vez el amor me llevaba a la desesperación. El resto lo corté con unas tijeras, lo reduje a un polvo muy fino y le encargué a un confitero que en mi presencia lo mezclase con una pasta de ámbar, azúcar, vainilla, cabello de ángel, alquermes y estoraque. Aguardé a que las grageas estuvieran dispuestas antes de irme. Las guardé en una preciosa bombonera de cristal de roca, y cuando la señora F. me preguntó su composición le dije que tenían algo que me obligaba a amarla.

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