SÓCRATES NOLASCO (EL INNOMINADO)

Enriquillo-Barahona (Rpca. Dominicana, 1884-Santo Domingo, 1980
Sócrates Nolasco, una vida dedicada a la literatura y la enseñanza. Arí­stides Sócrates Henrí­quez Nolasco . Narrador, ensayista e historiador dominicano. Uno de los máximos cultores del relato criollista de mediados del siglo XX. Uso el apellido Nolasco como principal , en la firma de todas sus obras. Nació el 20 de marzo de 1884 en la antigua villa de Petit-Trou, hoy Enriquillo, Provincia Barahona. Fueron sus padres el prócer de la Restauración general Manuel Henríquez y Carvajal y la maestra de escuela Juliana Nolasco. Hermano paterno de Francisco Henríquez y Carvajal y Federico Henríquez y Carvajal. A los diecisiete años residió en la casa de su tí­o Francisco Henrí­quez y Carvajal en Santo Domingo y estudió en la Escuela Normal. De 1906 a 1913 estudió literatura en Santiago de Cuba. Regresó al país y se dedicó al magisterio en Barahona. Ese mismo año fue elegido Diputado a la Asamblea Constituyente. En 1950, autoexiliado en Puerto Rico, trabajó en la universidad y escribió su obra Escritores de Puerto Rico, editada en Cuba tres años más tarde. De 1951 a 1954 vivió en Cuba. De regreso al país fue Senador de la República en el periodo de 1958 a 1961, año en que renunció. En 1959 rechazó un proyecto de ley que establecí­a la pena de muerte. En 1973 la Universidad Autónoma de Santo Domingo le otorgó el título de Profesor Honorario por su aporte a la cultura nacional. El estudioso de su obra Carlos Esteban Deive valora el alcance literario de este autor en sus dimensiones como historiador, cuentista, costumbrista, crí­tico literario y ensayista. Sócrates Nolasco falleció el 2 de julio de 1980 a la edad de 96 años en Santo Domingo. Una calle del sector de Naco fue nombrada en su honor.

Aquel ganadero joven y de extraordinaria fortuna seguía siendo a los treinta y tres años muy resbaloso para el matrimonio. Le llamaban Don Remi. Rondaba y cortejaba a las lindas muchachas casaderas, las atraía, las embullaba, las encendía en pasión por él; pero siempre evadía formalizar compromiso que le obligara a llevar a ninguna a la Iglesia, dizque por vergüenza de arrodillarse a los pies del Cura.
Desde que una joven se le sometía, y se le sometieron muchas fiándose en la lealtad de su palabra, las abandonaba para ir a dedicarse al cuido de sus ganados y al mejoramiento de sus hatos. De algunas jóvenes dijo que las dejaba por estériles; pero el buen Cura murmuraba que el estéril era él y, además de estéril, esterilizador. La verdad es que pronto se agotaban sus amantes sin dar fruto que hiciera recordar el paso de ellas y de él por este mundo.
No se averiguó entonces, ni pudo saberse nunca, la causa de su repentina y ardiente pasión por Ana María, huérfana de padre y madre, y de que él se viera a punto de capitular.
Tal vez se debió a que supuso que era una presa fácil, o al candor casi infantil de la adolescente, o a que al fin de cuentas vino a resultar la única difícil.
El rico y triunfador Don Remi se acercó a la nueva presa urdiendo tretas y acosándola con todas las tentaciones, y cuando ya creía que le bastaba extender el brazo y abrir la mano para empuñarla, el escollo de Siña Clara, que no era más que una madre adoptiva, de pega según el dijo, impidió la caída de Ana María. En vez de la conquista tras el dando y dando, la vieja habló sin el miramiento que se le debía al hombre más rico de la comarca. Era tan rico que hasta los colmillos los tenía de oro.
–Don Remi, –sermoneó con retintín la anciana– usted es forastero en el lugar, y no me conoce bien; mi nombre es Clara, y me figuro que no se lo han dicho o se le está olvidando; mi muchacha es buena probada, y usted parece que no tiene la virtud en cuenta; y, aunque me esté feo el decirlo, ni en donde usted nació, ni en este país entero, hay quien la aventaje y quizás ninguna la iguale; y por esto y lo que me callo, entiendo que usted se está equivocando. La niña cada día me pesa menos y la estimo más; y puesto que no tengo pariente que me herede, con mi bendición y la voluntad de Jesucristo será la dueña de esta humilde casa el día que se me cierren los ojos. ¡No quedará en la calle! Don Remi, ninguna otra cosa, sino penuria, tenemos Ana María y yo, y usted tiene de todo y es mucho lo que me ofrece. Pero de esta choza no saldrá mi hija si no es casada por el Padre Cura; casada con toditas las de ley; lo juro por estas, que son cruces… (La vieja se besó el índice y el mayor atravesados y el hatero dio un brinco sobre la silla). Don Remi, y… como que a usted eso de la Iglesia parece que no le acomoda mucho, creo que el honor que nos dispensa con su visita podrá economizarse en lo sucesivo… y usted perdone, que mi nombre es Clara.
Hay pobres sorprendentes. Siña Clara le cerró su puerta a la fortuna y le echó a perder el negocio a Don Remi con tan manido y largo sermón. Ella y su niña vivían de limpiar el mondongo que compraban y revendían condimentado, siempre que beneficiaban reses en el matadero. Y con decir que Don Remi era el único abastecedor de carne que la población tenía, es suficiente para comprender que a él le bastaría echarle a los perros el mondongo crudo para que el orgullo, la vieja y Ana María se eticaran de hambre.
Aquella mañana Siña Clara tuvo un rebosamiento de bilis con solo comprender que un rico pretendía sobornarla y explotar la pobreza de su muchacha. Hay gente así, biliosa, y la vieja pertenecía a su gremio. Pasó la tarde mal y la noche peor. Ana María, luego de darle a beber una tizana de cadillo de tres pies y hojas de malva y un purgante de hojas de zen mezcladas con cañafístola, por primera vez se fue al río a cumplir su menester sin que May Clara la pudiera acompañar. Allá, cobijado por la ramazón del flamboyán, la atajó Don Remi, cuyos ojos le brillaban como brasas.
–Aniuca: –le dijo con la voz azucarada de que sabía sacar recursos para persuadir– tienes ya dieciséis años y me tienes a mí, porque me gustas más que la piña madura. Te quiero y quiero que dejes a esa vieja temeraria y te mudes a mi casa a vivir conmigo. Te espero. Vestirás lindos y lujosos trajes, lucirás collares de filigrana, estamparé durante un año para tí muchas terneras, y las mujeres te mirarán con envidia. Y oye: el día que descubras mi nombre podrás exigirme el matrimonio. Te lo juro por mi honor
–Don Remi: ¿por qué no jura por Jesucristo? Cuando yo sea mayor de edad le obedeceré a May Clara igual que ahora, y cuando ella muera le seguiré obedeciendo como si desde el cielo me estuviera mirando. Y quédense en la tienda los collares y lujosos trajes y mi corazón sufriendo, porque es verdad, Don Remi, que usted es el que me agrada; y si ya me quisiera tanto, como pondera quererme, no tendría inconveniente en decirme ahora mismo su nombre, y esta noche a mi madre, y muy pronto el Padre Cura lo repetiría ante el altar.
El Cura y él deben ser enemigos: se incomoda porque se lo miento, pensó la adolescente viendo que el rico ganadero frunció el ceño y se alejaba afirmando su pierna defectuosa.
Durante la conversación nadie se dio cuenta de que una jaiba se iba llevando el mondongo tripita tras tripita. Ana María se sobresaltó temiendo a la reprimenda verbal con que May Clara la castigaría en regresando y se tiró al río que había aumentado su caudal con las lágrimas que derramaban sus ojos. Zambulló y cogió las tripas y a la jaiba enredada en ellas la echó a la orilla del río.
–Ahora te machacaré por ladrona y dura de corazón, –amenazó. ¿No sabes el daño que me estabas ocasionando?
–No me mates, –imploró el animalucho. Robé porque tenía hambre. Tú no sabes lo flojo que resulta el mandamiento ese, el que prohíbe coger lo ajeno, con las hambres que se pasan entre este río.
–Te mato porque te mato, malvada, que ibas a ocasionar que May Clara me dijera otra vez desidiosa.
En el instante en que Ana María levantaba la piedra para reventarle el carapacho al dañino crustáceo, la jaiba propuso:
–Si me perdonas y prometes darme tripitas, siempre que vengas, te diré lo que más deseas saber. Cayó la piedra al suelo y Ana y el cangrejito entraron en pacífico trato.
–Se llama Aldabot… Juan Aldabot, –secreteó la prisionera– y tiene costumbre rara y muy mal genio. Esconde el nombre y si logra saber quién te lo ha dicho se enfurecerá y matará todas las jaibas* aunque tenga que desviar el curso del río.
Al día siguiente Don Remi apareció montado a caballo, resuelto a raptar a la niña. La atajó exponiendo argumentos nuevos con vehemencia; pero ella se atuvo a lo que había dicho, aunque añadió:
–¿Usted promete casarse conmigo, si averiguo su nombre, y agregó ayer que estamparía con mis iniciales las novillas de vacas que le nazcan durante este año, o me equivoco?
–Te lo dije, lindura; te lo dije y vengo a buscarte. Bésame… –apuró Don Remi.
–Besaré pronto a mi marido, de quien adiviné el dulce nombre. ¡Oh, cómo lo besaré!
–¿Mi nombre?
–Tu dulce nombre, Juan Aldabot… ¡oh, cuánto lo voy a mezclar en mis oraciones!
El asombro se pintó en el rostro del rico ganadero, que trató de coger a Ana María por un brazo para zarandearla y obligarla a que le dijera por qué medios supo ese nombre y lo acababa de pronunciar sin morir súbitamente.
–¿Usted promete casarse conmigo, si averiguo su nombre, y agregó ayer que estamparía con mis iniciales las novillas de vacas que le nazcan durante este año, o me equivoco?
–Te lo dije, lindura; te lo dije y vengo a buscarte. Bésame… –apuró Don Remi.
–Besaré pronto a mi marido, de quien adiviné el dulce nombre. ¡Oh, cómo lo besaré!
–¿Mi nombre?
–Tu dulce nombre, Juan Aldabot… ¡oh, cuánto lo voy a mezclar en mis oraciones!
–Me lo dijo un Hada… No te irrites: me lo dijo el Hada que me proteje, –insistió ella mientras por costumbre marcaba la cruz protectora con un pie, en el suelo.
–Juan Aldabot gruñó una maldición y se alejó levantando chispas con las patas de su caballo. Ana María quedó asombrada de la diferencia tan grande entre su naciente cariño y la pasión de aquel hombre.
–Quizás amen así todos los hombres, cuando son ricos, –se dijo tratando de consolarse.
En el flamboyán enrojecido de flores, la tórtola derramó su canto ronco de penas. ¿Presagio funesto? No lo merecía, ella, que había esperado pasar las horas más felices de sus dieciséis años.
Veinticuatro horas después el mejor caballo de paso fino de Juan Aldabot fue azotado y ahorcado, y la cabeza quedó clavada en una estaca frente a la caballeriza: porque había oído el misterioso nombre. Y por si el relincho que lanzó fuera una divulgación, mató a todo el ganado caballar, y en seguida a las vacas, y a los bueyes, y a los mulos, burros, cabras, ovejas… Y cuando ya no le quedaba ni un animal vivo con qué atizar su furia creciente, empuñó un tizón y a media noche lo sopló y le prendió candela al pueblo. Solamente la Iglesia, con su campanario, y la casa de Siña Clara y las dos que tenía a un lado y al otro, quedaron intactas.
Doblaron las campanas durante la madrugada y todavía tres semanas después el hedor a azufre y carne quemada era tan fuerte que el aire seguía siendo irrespirable. El Cura cantó responsos y letanías, ofreció penitencia colectiva, y hubo rogativas para evitar la peste. De la ciudad cercana tuvieron que mandar a los practicantes más competentes a fumigar los que fueron calles, patios y traspatios y a remover escombros. Las alas membranosas de un murciélago descomunal aparecieron entre la ceniza y ningún humano ha sabido hasta el presente adónde, a qué lugar del infierno fue a tener Juan Aldabot.


* Jaiba: El cangrejo azul (Callinectes sapidus), también conocido como jaiba azul o jaiba, es una especie de crustáceo decápodo de la familia Portunidae nativa de la costa del océano Atlántico occidental y del golfo de México.



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