KENZABURO OË (DINOS COMO SOBREVIVIR NUESTRA LOCURA)

 

Ose, Japón, 1935
Escritor japonés, premio Nobel de Literatura en 1994. Nació en una aldea de los bosques montañosos de Shikoku de la que su familia apenas había salido. Pasó la guerra allí, pero la voluntad de estudiar lo llevó a Tokio, en cuya universidad ingresó en 1954. Para ello tuvo que perfeccionar su japonés, pues hablaba una variante dialectal propia de la zona. En sus relatos y novelas suele abordar aspectos de la sociedad contemporánea desde un humanismo crítico, de raigambre existencialista. Su estilo directo, de frases breves y contundentes, se nutre de poderosas imágenes poéticas y abundantes reflexiones metafísicas. Se percibe en él la influencia de Dante, F. Rabelais, H. de Balzac, E. A. Poe o M. Twain, a los que estudió a fondo, pero también de J. P. Sartre, A. Camus, W. B. Yeats o W. H. Auden, por quienes profesa franca admiración. No obstante, el punto de inflexión en su vida y su narrativa lo constituyó el nacimiento, en 1963, de su primer hijo Hikari, que padecía una malformación neurológica. Fruto del desconcierto y el dolor ante la minusvalía mental del niño pero, al mismo tiempo, del afán de superación y de la necesidad de dotarse de una ética privada



Durante el invierno de 196…, un hombre anormalmente gordo estuvo a punto de caerse al estanque de agua sucia donde se bañaban los osos blancos. Aquello fue para él una experiencia tan dura, que casi se volvió loco. Gracias a este suceso, no obstante, logró librarse de una idea fija que hasta entonces lo había obsesionado; pero, una vez liberado, una lastimosa sensación de soledad hizo encoger todavía más el alma pusilánime de aquel hombre gordo. Entonces, aunque no venía a cuento, debido sobre todo a que por su carácter obraba siempre movido por impulsos repentinos, decidió quitarse de los hombros otro peso que lo oprimía. Se juró a sí mismo que iba a liberarse de una vez por todas de él, sucediera después lo que sucediera, y, lleno de una energía y un valor que rebosaban por todos los poros de su cuerpo —un cuerpo de aspecto desagradable y que, además, aún llevaba adheridos el hedor y las escamas de las sardinas podridas que había en el agua que hizo saltar como un surtidor la gran piedra que cayó en su lugar al estanque de los osos blancos—, llamó por teléfono, aunque era medianoche, a su madre, que estaba en su lejano pueblo natal, y le dijo:
—¡Haz el favor de devolverme las notas y el manuscrito que me robaste y tienes escondidos! ¡Estoy hasta las narices! ¡Sé todo lo que has hecho! El hombre creía firmemente que su madre estaba, con el anticuado auricular descolgado, al otro lado del hilo, a más de mil kilómetros de distancia. Incluso estaba convencido, de una manera muy poco científica, de que por ser medianoche, una hora en que tenía pocos usuarios la línea telefónica, podía oír la respiración de la persona que guardaba silencio al otro extremo del hilo; y como se trataba de la respiración de su madre, sintió una especie de opresión en el pecho. A decir verdad, lo que oía no era más que su propia respiración a través del auricular que tenía apretado contra su oreja, desproporcionadamente pequeña en comparación con su enorme cabeza.
—¡Si no quieres devolvérmelos, allá tú! —dijo chillando, fuera de sí, pues acababa de darse cuenta de su equivocación—. Voy a escribir de nuevo la biografía de mi padre, pero esta vez será mucho más franca; revelará que, después de volverse loco y vivir durante años y años recluido voluntariamente, de pronto, un buen día, soltó un alarido y, acto seguido, murió. ¡Por mucho que lo intentes, no conseguirás impedírmelo!
El hombre se quedó callado de nuevo, y cubriendo ahora el auricular cuidadosamente con la palma de su gruesa mano, intentó captar la más mínima reacción por parte de su interlocutora. Y al oír colgar el teléfono al otro extremo de la línea, con una suavidad que no por ello resultaba menos significativa, se puso pálido, igual que una chiquilla asustada, volvió a la cama tembloroso y, a pesar de las náuseas que le provocaba el olor del agua sucia del estanque de los osos blancos, deslizó su corpachón entre las sábanas y rompió en sollozos de indignación. Si temblaba como una hoja agitada por el viento, era también a causa de la tremenda y lamentable soledad interior que sentía desde que aquella mañana, en el zoo, había experimentado lo que para él fue una liberación. Eso era lo que le hacía sollozar envuelto en la oscuridad maloliente de las sábanas, donde era obvio que nadie le veía. El hombre gordo gimoteaba a causa de la indignación, el temor y la patética sensación de soledad que se había apoderado de él, igual que lo habría hecho si las frías mandíbulas de color pardo amarillento del oso blanco, inmerso hasta los hombros en el agua sucia casi congelada, hubieran mordido con fuerza su enorme cabeza que parecía un pez exageradamente voluminoso, ya que no sólo abultaba por el diámetro de su cráneo sino también por la manera que tenía de peinarse el pelo, en dirección opuesta al remolino de su coronilla, lo cual hacía que se le alborotara. Transcurrido cierto tiempo, las sábanas del lado de la cama en que estaba tumbado quedaron empapadas y se cambió al otro lado, donde se acurrucó y permaneció así, sollozando, durante un buen rato. El hombre gordo dormía solo desde hacía unos años en la cama de matrimonio que antaño había compartido con su mujer, y le resultaba placentera esta libertad un tanto particular, que no por ser insignificante era de desdeñar.
La noche en que el hombre gordo se quedó dormido acurrucado en su cama de matrimonio, lloriqueando, su madre, en su pueblo natal, se decidió a emprender la batalla decisiva contra su gordo hijo. Así pues, bien mirado, el hombre gordo no tenía ninguna razón para acongojarse, pues la causa de su pena era que pensaba que su madre no le había hecho ni caso. Cuando era niño, cada vez que interrogaba a su madre sobre la vida de confinamiento y la repentina muerte de su padre, ella, para no responderle, se hacía la loca. Y un día, por fin, el hombre gordo fingió volverse loco antes de que lo hiciera su madre, y, tras destrozar todo cuanto encontró a su alrededor, se tiró de cabeza desde el muro que había al fondo del jardín a un talud donde crecían unas frondosas matas de helechos. Pero ni siquiera así consiguió que su madre le respondiera, aunque saboreó una inútil sensación de gloria. Ello contribuyó simplemente a crear una relación de permanente tensión entre el hombre gordo y su madre durante veinte años, en el curso de los cuales ambos reconocían en secreto que resultaba victorioso en sus enfrentamientos el primero de los dos que decidía hacerse el loco. Era una tensión comparable a la de los pistoleros de las películas del Oeste cuando avanzan el uno hacia el otro con la mano a la altura de la funda del revólver. Pero aquella noche, finalmente, las cosas empezaron a cambiar. Decidida a reanudar la lucha dándose un nuevo planteamiento, la madre del hombre gordo, tras redactar inmediatamente después de colgar el teléfono el texto de una circular, lo llevó a la imprenta del pueblo vecino a la mañana siguiente, y cuando estuvo impresa envió un ejemplar por correo urgente y certificado a los hermanos y hermanas del hombre gordo, a sus cuñados y cuñadas y a todos sus parientes. En la circular dirigida a la esposa del hombre gordo se indicaba que era «confidencial», aunque, a causa de su contenido, tuvo que mostrársela a su marido. Decía así:
Nuestro REYEZUELO se ha vuelto loco, pero su locura no ha sido heredada, lo cual le comunico para su conocimiento. Es consecuencia de una sífilis que contrajo en el extranjero, por lo que, para evitar un posible contagio, le ruego que rompa toda relación con él.

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